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Apunte 102 a
La Epochè: Historia
de un vuelo cósmico
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Habéis
soñado alguna vez estar volando en el cosmos y mirar hacia abajo
desde la altura de la Luna o de Marte? –empezó a decir con cierta
agresividad el cuarto narrador; y, haciendo relumbrar una luz irónica
en los ojos muy abiertos, prosiguió– Pues yo sí. Lo he soñado.
La impresión que recibí ha permanecido en mí viva
y perfecta. Es como si verdaderamente hubiera volado por el cosmos.
Os preguntaréis
si, con este exordio, no estaré por casualidad empezando un relato
de ficción científica. Y bien, no. Jamás lo haría.
Pienso que para un narrador es imposible fundarse en experiencias que no
se hayan producido realmente. Lo que voy a contar se refiere al presente.
Se trata de un relato ligerito y algo bobo, eso sí. Pero nuestro
relatar, aquí, o es algo locuelo o no es. Además yo, por
mi propia naturaleza, no podría ser sino manierista. Por lo tanto,
mi relato se basa en una experiencia vivida en sueños. De no haber
soñado que llevaba a cabo un vuelo cósmico, nunca se me hubiera
ocurrido, precisamente, contaros este relato que a dicho asunto se refiere.
Pero os lo contaré coqueteando (y el porqué, añado,
lo entenderéis al final). En mi coquetería narrativa de anónimo
se incluye el inventar sin más los nombres de los personajes. En
tal caso un poco de humorismo –o, digámoslo sin más, de humor
barato– no molesta: queda incluido en el gran sistema del extrañamiento.
Basta. Mi historia empieza en el interior de una nave espacial. Vista desde
la superficie de la Tierra, dicha nave espacial podría confundirse
con un platillo volante. Pero su forma no es circular, sino esférica.
Y es que gira vertiginosamente, a una velocidad tal que tan sólo
los matemáticos poseen la terminología (...) para expresarla,
y ciertamente no yo –por lo cual, vista desde lejos, dicha esfera se muestra
aplastada como un disco. Dentro de la esfera que gira a esa velocidad,
por decirlo así, sobrenatural, hay otra esfera, pocos milímetros
más pequeña. Esta esfera está perfectamente inmóvil:
suspendida en el interior de la esfera exterior que gira vertiginosamente,
moviéndose velocísima por los espacios del cosmos. La nave
ha partido hace pocos instantes de xxx xxx y ya se encuentra a algunos
centenares de kilómetros de la superficie terrestre. Exactamente
a la altura desde la que he contemplado la Tierra en mi sueño. Ahora
bien: la velocidad de la esfera exterior es tal, que prácticamente
parece volatilizarse y se vuelve transparente: así, desde los ojos
de buey de la esfera interna —inmóvil— se puede mirar hacia afuera
cómodamente. La Tierra está allá abajo. En el fondo
de la tiniebla del cosmos, teñido de un índigo celestial.
Se ve su bien conocida forma: la masa de Francia, las dos penínsulas,
la de España y la de Italia, con su desarmante forma de bota, etc.
Pero todo ello, visto materialmente en un vuelo verdadero, desde esa distancia
más que vertiginosa, terrorífica, se muestra emocionante
y misterioso. Pronto la Tierra desaparece y no queda más que el
vacío profundo, sin vida. Esto también lo he soñado,
lo he vivido perfectamente en el sueño.
Aquellos
que desde el ojo de buey inferior –casi a sus pies, observaban desaparecer
la Tierra, eran dos hombres muy sanos (...) de unos cuarenta años.
Uno se llamaba Klaus Patera y el otro xxx xxx. Contemplaban conjuntamente,
con la misma actitud, con la misma expresión en la mirada. Pero
no eran los únicos miembros de la tripulación. Es más,
a decir verdad no formaban parte de la tripulación: eran dos observadores,
exactamente como yo en el momento en que había soñado el
mismo acontecimiento. Sólo que ellos eran dos observadores oficiales.
La esfera interna medía unos diez metros de diámetro. Por
lo tanto, era casi tan grande como un salón. Dentro de dicha ‘esfera
dentro de la esfera’ estaba a su vez instalado un enorme cubo de cristal
que apoyaba sus ángulos contra la pared interior de la esfera y,
por lo tanto, estaba firmemente contenido. Precisamente dentro del cubo
era donde se hallaban los dos ‘observadores oficiales’: como, por otra
parte, también la tripulación propiamente dicha (formada
por media docena de técnicos). Naturalmente, el cubo estaba dividido
en varios recuadros y cada uno de éstos era una especie de pequeña
habitación o celda. Los técnicos estaban repartidos por esas
pequeñas celdas transparentes, en monacal recogimiento. Cada uno
tenía algún encargo, al que atendía silenciosamente
inspirado. Los únicos dos que no hacían nada, salvo, precisamente,
observar, eran los dos observadores oficiales.
A estas
alturas os daré una sencilla serie de informaciones. Y –por buenas
razones que comprenderéis al final– lo más posiblemente objetivas
e inexpresivas.
Esa nave
espacial, tan distinta de las naves espaciales que estamos acostumbrados
a ver estos últimos años, no era de producción pública,
sino de producción privada. El gigantesco esfuerzo tecnológico,
que implicaba el trabajo casi en equipo de algunos cientos de miles de
personas y de algunas docenas de industrias, no había sido sostenido
por el Estado. Había sido sostenido por una gran Sociedad como podría
ser, por ejemplo, la Itt –y si menciono a la Itt es pour cause. El asunto
no se había dado a conocer: pero desde que, en los primeros años,
el Estado había monopolizado la construcción de naves espaciales,
muchas Sociedades privadas habían protestado, pidiendo que se les
concediera el derecho al ‘espacio cósmico’. Y dado que la solicitud
era perfectamente democrática, ese ‘derecho’ se les había
concedido. De la misma manera, a nadie se puede impedir que construya automóviles,
aviones o navíos, o fundar un periódico o implantar una transmisión
televisiva. La opinión pública, lo repito, se quedó
a oscuras del asunto. Por otra parte, se creía que la concesión
del ‘derecho al espacio cósmico’ no podría ser sino platónica.
No fue así, en cambio, incluso si –como veremos, por otra parte–
hay las consabidas buenas razones para creer que la Sociedad privada que
había construido nuestra nave espacial no era del todo ajena al
Estado (de la misma manera que –por proseguir nuestro ejemplo– el Estado
no había podido ser ajeno a la Itt cuando, dos o tres años
antes, esta sociedad había organizado las matanzas fascistas en
Chile). Como quiera que fuere, lo seguro es esto: ese prodigio técnico,
la nave espacial que ahora estaba navegando por los espacios cósmicos,
estaba dominado al mismo tiempo por dos fuerzas o poderes. Era una nave
ambigua, anfibológica. Vivía en ella una dicotomía
dramática. El choque entre los opuestos intereses de los dos poderes
que habían dirigido el proyecto y la construcción, no era
menos violento por ser latente. Que estos dos poderes estuvieran constituidos
por el Estado, de un lado, y la Sociedad privada del otro; o bien por dos
Sociedades privadas que competían entre sí; o por dos grupos
distintos de accionistas de una misma Sociedad, en combate a última
sangre por el poder; o también, por último, por un poder
de orden, nacional, contra un poder subversivo, (...) extranjero –es cosa
que no sé. O, por lo menos, por ahora prefiero decir que no lo sé,
convirtiéndose así, por último, en mis colaboradores.
Una observación,
antes de pasar a otras informaciones (observación que se debe al
optimismo –algo manierista, lo repito– de quien esto relata (...>). Los
espías siempre son más bien ridículos. Cuando en un
periódico uno lee que ha sido detenido un auténtico espía
y ve su fotografía, generalmente se siente asaltar por una íntima
e irresistible hilaridad. El espía es cómico. Probablemente,
porque se ve obligado a representar un papel. Tiene que representar, pongamos,
el papel de un baronet o de un mayor del ejército británico
–quienes ya son de por sí bastante cómicos– y llegan a serlo
de manera irresistible si lo son por ficción.
En su
representación, efectivamente, el espía no puede inventar
porque debe imitar. Dicha representación no puede sino ser, exageradamente,
la figura (perfectamente conformista, respetable, y sólo acaso un
poco original) de lo que finge ser. La comicidad, luego, es aún
más fuerte y manifiesta cuando el espía es por fin desenmascarado.
Los críos que todavía no saben hablar sueltan las primeras
carcajadas propiamente dichas cuando alguien se esconde y luego se descubre.
La agnición es el primer paradigma de toda hilaridad.
Pero
sigamos con las informaciones. Las dos fuerzas o potencias que constituyen
el dualismo de nuestra nave espacial están, como hemos visto, en
pugna. La que venza (vale decir, la que se convierta en dueña absoluta
de la nave espacial y de todo aquello que por medio de dicha nave espacial
se puede obtener) también se convertirá automáticamente
en la dueña del Estado. Efectivamente, según los cálculos
que han realizado los expertos, objetivamente vendría a superar,
y con mucho, la disponibilidad financiera del Estado. Este caería
por tanto automáticamente en sus manos. De cualquier manera, se
trataría del acceso al poder de una parte sobre el todo. Según
los casos que más arriba he proyectado, tendríamos en consecuencia:
primero, una Sociedad privada se adueñaría del Estado (probablemente
con la connivencia fundamental del Estado mismo); (...) una Sociedad privada
liquidaría a otra Sociedad privada y a continuación se adueñaría
del Estado; <...> el propietario de una parte de la Sociedad liquidaría
al propietario de la otra parte de la Sociedad y después se adueñaría
del Estado; <...> el partido apoyado por un partido análogo y
ya en el poder en otro Estado, se adueñaría del poder en
su propio Estado.
Klaus
Patera y Misha Pila eran dos espías (y esta es la última
‘genuina información’ propiamente dicha que os doy). La sensación
de comicidad que os está invadiendo está perfectamente justificada.
Efectivamente, ambos representaban el papel de dos italo-americanos. Y
lo hacían con tal empeño que jamás dos italo-americanos
fueron más italo-americanos que ellos. Vitaminas y proteínas
habían borrado las características raciales más evidentes
(las que se deben al hambre, a la bufonería, al estado de ánimo
típico de la mendicidad y de la necesidad) pero habían dejado
intactos los rasgos esenciales: negrura de ojos y cejas, chatura de narices,
abultamiento de labios, obesidad y xxx del cuerpo, flotaban como
indestructibles fósiles sobre fisonomías amorfas y mochas
de americanos medios.
El azar
había querido ahora que estos dos personajes fuesen arrojados al
espacio y se hallasen en medio del cosmos: cosa que no podía sino
aumentar, automáticamente, su comicidad, al aislarlos, como los
aislaba, el uno frente al otro y ambos frente al universo (1).
Pero no es suficiente. Os
he dicho, en un plano puramente referencial, que Klaus Patera y Misha Pila
eran dos espías. El uno espía del poder que, por comodidad,
llamaré “Orina”, y el otro espía del poder que <...> llamaré
“Heces”.
Y henos
aquí llegar al asunto: Klaus Patera, espía del poder “Orina”,
sabía que Misha Pila era espía del poder “Heces”. Pero también
Misha Pila, espía del poder “Heces”, sabía que Klaus Petera
era espía del poder “Orina”.
No sólo
eso, sino que Klaus Patera, espía del poder “Orina”, jugaba con
dos barajas: vale decir, también era espía del poder “Heces”.
E igualmente
Misha Pila, espía del poder “Heces”, también jugaba con dos
barajas y también él era, a su vez, espía del poder
“Orina”.
Ahora
bien: <...> Klaus Patera, que jugaba con dos barajas en calidad de espía,
tanto del poder “Orina” como del poder “Heces”, sabía que también
Misha Pila jugaba con dos barajas dado que él mismo era espía
tanto del poder “Orina” como del poder “Heces”: ?en tanto? <...> que
Misha Pila no, no sabía que Klaus Patera jugaba con dos barajas:
tan sólo lo sospechaba.
En una
tabla sinóptica o gráfico que hubiera trazado un semiólogo
de formación pragmática o directamente behaviorista
–sinopsis o gráfico perfectos en todo, por tipicidad y absoluta
simetría– la incertidumbre de Misha Pila habría constituido,
por así decirlo, una Semi-Incógnita propiamente dicha, habría
vuelto irreductible a cualquier esquema, incluso de ambigüedad, esa
ambigüedad constituida por el dualismo de proyecto y poder que se
vivía en nuestra nave espacial a través de las personas de
Klaus Patera y Misha Pila. El abismo de los cielos se abría a los
pies de ambos. <...> No es cierto que el espacio sea oscuro. Ciertamente,
no hay en él luz alguna o claridad. Pero, sin embargo, ‘aquello’
que se hunde bajo los pies y se dilata sobre la cabeza, a través
de los ojos de buey –vale decir, el infinito– tiene un color suyo que brota
de sí mismo. La frialdad y el silencio, pero también la solemnidad,
forman ese especial índigo de abismos cósmicos, que, en los
bordes extremos a que puede llegar la mirada, se esfuma en una claridad
–si así se la puede llamar– celestial. Todo esto lo sé porque
lo he visto en el sueño revelador. Tanto mirando hacia lo alto,
como mirando hacia abajo, se experimentan unos vértigos especiales
que aferrando las vísceras y el estómago, y casi haciendo
perder el sentido, muestran claramente su intolerabilidad. Un pobre cuerpo
humano no está hecho para tolerarlos: y, sintiendo que trastornado
por los vértigos, uno está a punto, por decirlo así,
de vomitarse | devolverse | a sí mismo, comprende que ha llegado
la hora en que le está haciendo guiños, con una sonrisa terrorífica
dirigida precisamente hacia uno, la nada para la cual ha nacido. Sin embargo
no sólo se toleran los vértigos, sino que incluso el terror
que provocan tiene algo dulce y excitante, como algún suceso de
la infancia. En aquel sueño mío revelador he comprendido,
de una vez por todas, que nuestro verdadero origen no es el mar, es decir
el originario vientre materno (al que con todas nuestras fuerzas tendemos
a regresar): nuestro verdadero origen es el espacio. Es allí donde
verdaderamente hemos nacido: en la esfera del cosmos. En el mar hemos nacido
acaso una segunda vez. Y, por lo tanto, la atracción de mar es profunda;
pero la del espacio celeste lo es infinitamente más (2).
El planeta
hacia el que estaba lanzada la anfibológica nave espacial con Klaus
Patera y Misha Pila había sido descubierto recientemente. Refiriéndose
a una casual cita de san Pablo mencionada en la Historia Lausíaca
(que por casualidad el descubridor estaba leyendo en esos días)
el nuevo planeta había sido llamado “Ta kai ta”, o, actualmente,
en la forma convencional que en seguida se había cristalizado, Takaitá.
(La frase de san Pablo, que, vaya casualidad, se refería a los Cielos,
en la cita lausíaca sonaba así: “Autòs gar èleghe
Paulos: ‘O gar karpòs tou pneúmatós esti’ tà
kài tà”).
El nuevo
planeta estaba extremadamente alejado. El viaje de la nave espacial tenía
que durar exactamente tres años, tres meses y tres días.
Por tanto, Klaus Patera y Misha Pila tenían mucho tiempo por delante
para observar, y, sobre todo, para observarse; según la sinopsis
de un semiólogo behaviorista que, ay de mí, habría
sido tan maravillosamente perfecta de no haber habido una malhadada semi-incógnita
debida a la incertidumbre de Misha.
De todas
maneras, nadie podía –digámoslo por enfático optimismo,
aunque púdico–, ni entre los hombres de la tripulación, ni
entre los dos protagonistas, pese al prevalecer de los graves encargos
que les había asignado la sociedad en que virilmente se encontraban
incluidos, sustraerse al júbilo de esa zambullida en el cosmos:
a ese regreso al interior de los espacios de donde todo había provenido
en forma inorgánica. Júbilo, lo repito; júbilo, aunque
terrorífico.
Los tres
años, tres meses y tres días pasaron. La nave espacial aminoró
su sobrenatural velocidad y entró en la estratosfera de ‘Takaitá’.
Volvió a aparecer la luz. Una luz que ascendía como desde
un embudo humeante: helada y cenicienta, con lejanas manchas azules que
parecían agujeros en otro cielo, veraniego y marino, y grandes franjas
de humaredas amarillentas, estancadas a miles y miles de kilómetros
de distancia, probablemente alrededor del planeta. Y hete aquí que
de pronto aparece la bola de Takaitá, a medias iluminada por su
Sol (naturalmente, ya no estábamos en el sistema solar). ¡Entusiasmante,
familiar bola! Se acercaba vertiginosamente, dado que la velocidad de la
nave seguía siendo vertiginosa. Y ya se dibujaban mares y continentes,
legamosos, magmáticos, con espumosas luces planas y rasantes al
mismo tiempo (efectivamente, desde la altura de la nave con una sola mirada
se veían, sobre la bola, la hora del alba, la hora del mediodía
y la hora del crepúsculo). Velozmente la nave se encontró
justo sobre el planeta, a la distancia de un satélite corriente
de telecomunicaciones: vale decir, a la distancia desde la cual el dibujo
de mares y tierras se vuelve perceptible. Entonces fue cuando se presentó
lo inimaginable.
Mientras
la nave se acercaba a la corteza terrestre de Takaitá, ésta
naturalmente giraba: pasaba del día a la noche. Y por eso lo que
se mostró a los ojos de los astronautas y de los dos observadores,
además de ser inimaginable, también fue tan rápido
que pareció un sueño y de tal suerte dejó serias dudas
sobre su realidad: hasta suspender, en otras palabras, su significado.
¿En
qué consistió tanta sorpresa, asombrosa hasta causar la incredulidad
que dan los rápidos sueños? Sencillamente, consistió
en la aparición sobre la corteza terrestre de Takaitá
–incluso en la luz anómala y descabellada que filtraban los altos
estratos de la atmósfera– de formas que evocaban con una fidelidad
que, en sustancia, era identidad, las formas de la corteza terrestre de
nuestro globo. Hete allí la forma tosca de Francia, bajo ella la
no
menos tosca de la península Ibérica y la forma de ‘bota’
de Italia. Una identidad, repito, perfecta. Pero inmediatamente todo quedó
tragado por la oscuridad: y la fulmínea aparición –tan encendida–
pareció, en la oscuridad, un espectral espejismo.
La nave
aterrizó en la oscuridad. Y volvió a comenzar para sus xxx
–después de más de tres años– la convención
del tiempo real. La noche era noche y tan sólo noche. Y era una
noche que regularmente duraba, incluidos los crepúsculos, una docena
de horas. La oscuridad era profunda. Takaitá no poseía luna,
o si por casualidad la tenía, era una noche sin luna.
Las operaciones
para desembarcar de la nave eran largas. Habrían tenido que durar
aproximadamente tanto como la noche. No hay nada más heroico que
su estupidez y su sentido del deber. Aunque ingenuamente asombrados, se
dieron a cumplimentar sus deberes con la mayor seriedad. No se podía
decir que la noche hubiera por fin transcurrido del todo cuando la tripulación
pudo salir de la nave. Alrededor todavía estaba oscuro: se entreveían
apenas, alrededor, unas masas inmóviles, acaso árboles o
rocas; sólo que hacia oriente el cielo se había transformado
en una enorme, vertiginosa gran placa de cristal a través de la
cual una luz, todavía baja, empezaba a transparentarse, convirtiendo
su índigo profundo en un azul tinta sin matices pero ya casi iluminado.
Los cosmonautas
salieron, y, tal como los expertos habían previsto, para poder caminar
no hizo falta la escafandra pesada llena de lastre, ni la mascarilla y
las bombonas de oxígeno para respirar. Se caminaba y respiraba libremente,
como en nuestra Tierra. La tripulación pudo, por tanto, salir de
la nave vistiendo mono y con la cabeza descubierta. Apenas salidos de la
nave, otra cosa asombrosa llenó de estupor a los cosmonautas y los
inmovilizó en una silenciosa y alarmada atención: lejos,
en lo hondo de la oscuridad, había resonado el gorjeo de un ruiseñor.
Pero, probablemente –si es que era de veras el gorjear de un ruiseñor–,
era el último de la noche. No se pudo escuchar más que una
extrema frase interrogativa, poco más que un eco. También
éste, pues, desapareció demasiado pronto para parecer verdadero
y no dar la sensación de ser el engaño de un sueño.
Alrededor la noche era tibia, veraniega. Pero había, al mismo tiempo,
el estre mecimiento de frescura que antecede al alba: efectivamente, los
pies estaban húmedos de rocío. En cuanto el cielo, hacia
oriente, de ser una simple e ilimitada placa azul-tinta apenas más
clara, pasó a vetearse en una infinita serie de preciosos matices,
entre los que empezó a prevalecer una franja casi dura color rosa
cinabrio –otros rumores misteriosos, como alientos, suspiros, empezaron
a dejarse oír en la oscuridad. Hasta que de golpe, esta vez sin
posibilidad de equívocos, empezaron a trinar las alondras. Casi
igualmente repentino, el aire se volvió luminoso. La luz estaba
allí, ya dispuesta, una luz triste y perlina, todavía fría.
Pero lo reveló todo, sin posibilidad de desmentidos, en una gris
fatalidad.»
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(1)
“... somos como dos seres apartados en un aerostato que se hayan encontrado
para decirse la verdad” (Dostoyevski, Los demonios).
(2)
Tal vez a esto se referían las religiones con el culto a la Ascensión.
En cuanto a la atracción del mar, cfr. especialmente Thalassa
de Sándor Ferenczi, considerado, al parecer, por Freud como “la
más atrevida aplicación del psicoanálisis que jamás
se haya intentado”.
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Appunto 102 a
L’Epochè: Storia
di un volo cosmico
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Avete
mai sognato di volare nel cosmo, e guardare in giù dall’altezza
della Luna o di Marte? – cominciò con una certa aggressività
il quarto narratore: e facendo lampeggiare una luce ironica nell’occhio
sbarrato, continuò – Io sì. L’ho sognato. L’impressione che
ne ho avuto è rimasta in me viva e perfetta. E come se avessi veramente
volato nel cosmo.
Voi vi
chiederete se, con questo esordio, io non stia per caso incominciando un
racconto fantascientifico. Ebbene no. Non lo farei mai. Penso che sia impossibile
per un narratore fondarsi su esperienze non avvenute realmente. Ciò
che mi accingo a raccontare riguarda il presente. Si tratta di un racconto
leggerino e un po’ sciocco, questo si. Ma il nostro narrare, qui, o è
pazzerello o non è. Inoltre altro io non potrei essere, per mia
natura, che manieristico. Dunque il mio racconto si fonda su un’esperienza
fatta in sogno. Se non avessi sognato di fare un volo cosmico, mai mi sarebbe
venuto in mente di farvi, appunto, questo racconto che ne parla. Quanto
al resto è anch’esso tutto fondato su esperienze reali, come vedrete.
Ma ve lo racconterò civettando (e il perché, ancora, lo capirete
alla fine). Rientra nella mia civetteria narrativa di anonimo, inventare
di sana pianta i nomi dei personaggi. In tal caso un po’ di umorismo –
o, diciamolo pure, spirito di patate – non guasta: esso rientra nel grande
sistema dello straniamento. Basta. La mia storia comincia all’interno di
una nave spaziale. Vista dalla superficie della Terra, tale nave spaziale
potrebbe essere presa per un disco volante. Ma la sua forma non è
circolare: bensì sferica. Ed è perché essa gira vertiginosamente,
a una velocità che solo i matematici possiedono la terminologia
<...> a esprimere, non certamente io – che, vista da lontano, tale sfera
appare schiacciata come un disco. Dentro la sfera che vortica a tale velocità,
per cosi dire, soprannaturale, c’è un’altra sfera, di qualche millimetro
più piccola. Questa sfera è perfettamente immobile: sospesa
nell’interno della sfera esterna che vortica, muovendosi vertiginosamente
per gli spazi del cosmo. La nave è partita da pochi istanti da xxx
xxx e si trova già a qualche centinaio di chilometri dalla superficie
terrestre. Esattamente l’altezza da cui io ho guardato la terra nel mio
sogno. Ora, la velocità della sfera esterna è tale che praticamente
essa pare volatilizzarsi e diviene trasparente: così che dagli oblò
della sfera interna – immobile – si può guardare comodamente fuori.
La Terra è là sotto. In fondo alla tenebra del cosmo: tinto
di un indaco celestiale. Si vede la sua forma ben nota: la massa della
Francia, le due penisole, quella della Spagna e quella dell’Italia, con
la sua disarmante forma di stivale ecc. Ma tutto, visto materialmente,
in un volo vero, a quella distanza più che vertiginosa, terrificante,
appare emozionante e misterioso. Ben presto la Terra scompare, e non resta
che il vuoto profondo, senza vita. Anche questo io l’ho sognato, l’ho perfettamente
vissuto nel sogno.
Coloro
che dall’oblò inferiore – quasi ai loro piedi, osservavano scomparire
la Terra, erano due uomini molto sani <...> sui quarant’anni. Uno si
chiamava Klaus Patera e l’altro xxx xxx. Essi guardavano insieme, nella
stessa posizione, con la stessa espressione negli occhi. Non erano però
gli unici componenti dell’equipaggio. Anzi, per la verità non facevano
parte dell’equipaggio: essi erano due osservatori, esattamente come me,
nel momento in cui avevo sognato lo stesso evento. Solo che essi erano
due osservatori ufficiali. La sfera interna misurava circa dieci metri
di diametro. Era dunque grande quasi come un salone. Dentro tale ‘sfera
dentro la sfera’ era sistemato a sua volta un enorme cubo di vetro, che
appoggiava i quattro spigoli contro la parete interna della sfera e vi
era dunque saldamente contenuto. Era precisamente dentro il cubo che si
trovavano i due ‘osservatori ufficiali’: come del resto anche il vero e
proprio equipaggio (formato da una mezza dozzina di tecnici). Naturalmente
il cubo era diviso in vari riquadri, e ognuno di essi era una specie di
piccola stanza o cella. I tecnici erano sparsi in queste piccole celle
trasparenti, in un raccoglimento monacale. Ognuno aveva il suo compito,
a cui attendeva silenziosamente ispirato. Gli unici due che non facevano
niente, se non osservare, appunto, erano i due osservatori ufficiali.
Vi darò
a questo punto una semplice serie di informazioni. E – per delle buone
ragioni che capirete alla fine – il più possibile oggettive e inespressive.
Quella
nave spaziale, cosi diversa dalle navi spaziali che siamo stati abituati
a vedere in questi ultimi anni, non era di produzione pubblica, ma di produzione
privata. Il gigantesco sforzo tecnologico, implicante il contemporaneo
lavoro quasi in ‘équipe’ di alcune centinaia di migliaia di persone
e di alcune dozzine di industrie, non era stato sostenuto dallo Stato.
Esso era stato sostenuto da una grande Società: come potrebbe essere
la Itt, per esempio – e nomino la Itt pour cause. La cosa non era stata
resa nota: ma fin dai primi anni in cui lo Stato si era monopolizzato la
costruzione di navi spaziali, molte società private avevano protestato,
chiedendo che fosse loro concesso il diritto allo ‘spazio cosmico’. E poiché
la richiesta era perfettamente democratica, tale ‘diritto’ era stato concesso.
Cosi non si può impedire a nessuno di costruire automobili, aeroplani
o navi, oppure di fondare un giornale o impiantare una trasmittente televisiva.
L’opinione pubblica, ripeto, fu tenuta all’oscuro. Del resto si pensava
che la concessione del ‘diritto allo spazio cosmico’ non avrebbe potuto
essere che platonica. Invece non fu così, anche se – come del resto
vedremo – ci sono le solite buone ragioni per credere che la Società
privata che aveva costruito la nostra nave spaziale non fosse del tutto
estranea allo Stato (allo stesso modo in cui – per riprendere il nostro
esempio – lo Stato non aveva potuto essere estraneo alla Itt, quando due
o tre anni prima questa società aveva organizzato i massacri fascisti
nel Cile). Comunque questo è certo: quel prodigio tecnico che era
la nave spaziale che stava ora navigando negli spazi cosmici, era contemporaneamente
dominato da due forze, o due poteri. Era una nave ambigua, anfibologica.
In essa viveva una dicotomia drammatica. L’urto fra gli interessi opposti
dei due poteri che avevano presieduto al progetto e alla costruzione, non
era meno violento per essere latente. Che questi due poteri fossero costituiti
dallo Stato da una parte, e dalla Società privata dall’altra; oppure
da due Società private concorrenti; oppure da due diversi gruppi
azionisti della stessa Società, in una lotta all’ultimo sangue per
il potere; oppure infine da un potere d’ordine, nazionale, contro un potere
sovversivo, <...> straniero – io non lo so. O almeno per ora preferisco
dire di non saperlo, facendo cosi alla fine di voi dei miei collaboratori.
Un’osservazione,
prima di passare alle altre informazioni (osservazione dovuta all’ottimismo
– un po’ manieristico, ripeto – di chi racconta <...>. Le spie sono
sempre piuttosto ridicole: non solo nella finzione, ma anche nella realtà.
Quando in un giornale si legge che è stata arrestata una spia vera,
e se ne vede la fotografia, si è presi generalmente da un’intima
e irresistibile ilarità. La spia è comica. Probabilmente
perché è costretta a recitare. Essa deve recitare, mettiamo,
la parte di un baronetto o di un maggiore dell’esercito britannico. Ma
un baronetto o un maggiore dell’esercito britannico – che di per sé
sono già abbastanza comici – lo divengono in modo irresistibile
se sono finti.
Nella
sua recitazione, la spia infatti non può inventare, perché
deve imitare. Essa quindi non può che essere esageratamente la figura
(perfettamente conformista, perbene e solo magari un po’ originale) che
essa finge di essere. La comicità poi è ancora più
forte e scoperta quando la spia viene alla fine smascherata. I bambini
che non sanno ancora parlare fanno le prime vere risate quando qualcuno
si nasconde e poi si scopre. L’agnizione è il paradigma primo di
ogni ilarità.
Ma proseguiamo
con le informazioni. Le due forze o potenze che costituiscono il dualismo
della nostra nave spaziale, sono, come abbiamo visto, in lotta. Quella
che vincerà (cioè diventerà l’assoluta padrona della
nave spaziale e di tutto ciò che attraverso tale nave spaziale può
essere ottenuto) diventerà anche praticamente padrona dello Stato.
Infatti, secondo i calcoli fatti dagli esperti, essa verrebbe oggettivamente
a superare di molto la disponibilità finanziaria dello Stato. Il
quale dunque cadrebbe automaticamente nelle sue mani. In ogni caso, si
tratterebbe della presa di potere di una parte sul tutto. Secondo i casi
che vi ho sopra prospettato, dunque avremmo: primo, una Società
privata si impadronirebbe dello Stato (probabilmente con la fondamentale
connivenza dello Stato); <...> una Società privata liquiderebbe
una Società privata e poi si impadronirebbe dello Stato; <...>
il proprietario di una parte della Società liquiderebbe il proprietario
dell’altra parte, e poi si impadronirebbe dello Stato; <...> il partito
appoggiato dal partito analogo già al potere in un altro Stato,
si impadronirebbe del potere nel proprio Stato.
Klaus
Patera e Misha Pila erano due spie (e questa è l’ultima vera e propria
‘nuda informazione’ che vi do). Il senso di comicità che già
vi sta invadendo è perfettamente giustificato. I due, infatti, recitavano
la parte di due italo-americani. E lo facevano con tale impegno che mai
due italo-americani furono più italo-americani di loro. Vitamine
e proteine avevano cancellato i caratteri razziali più evidenti
(quelli dovuti alla fame, alla buffoneria, allo stato d’animo tipico della
mendicità e del bisogno) ma avevano lasciato intatti i tratti essenziali:
nerume d’occhi e sopraccigli, camusità di nasi, turgidezza di bocche,
pinguedine e xxx di corporatura, [galleggiavano] come indistruttibili fossili
su fisionomie amorfe e monche di americani medi.
Ora il
caso aveva voluto che questi due personaggi fossero lanciati nello spazio
e si trovassero in mezzo al cosmo: cosa che non poteva che aumentare, automaticamente,
la loro comicità, isolandoli, come li isolava, l’uno di fronte all’altro,
e, tutti e due, di fronte all’universo (1).
Ma non
basta. Vi ho detto, su un piano puramente referenziale, che Klaus Patera
e Misha Pila erano due spie. L’uno spia del potere che, per comodità,
chiamerò «Urina», e l’altro spia del potere che <...>
chiamerò «Feci».
Ed eccoci
al punto: Klaus Patera, spia del potere «Urina» sapeva che
Misha Pila era spia del potere «Feci». Però anche Misha
Pila, spia del potere «Feci», sapeva che Klaus Patera era spia
del potere «Urina».
Non solo:
ma Klaus Patera, spia del potere «Urina» faceva il doppio gioco:
era cioè anche spia del potere «Feci».
E ugualmente
Misha Pila, spia del potere «Feci», faceva anche lui il doppio
gioco: era cioè anch’esso spia del potere «Urina».
Ora <...>
Klaus Patera, che faceva il doppio gioco, in quanto spia sia del potere
«Urina» che del potere «Feci», sapeva che anche
Misha Pila faceva il doppio gioco, in quanto lui stesso spia sia del potere
«Urina» che del potere «Feci»: [mentre] <...>
Misha Pila no: non sapeva, che Klaus Patera facesse il doppio gioco: lo
sospettava soltanto.
In uno
specchietto o in un grafico disegnato da un semiologo di formazione pragmatistica
o addirittura behavioristica – specchietto o grafico perfetto in tutto
per tipicità e assoluta simmetria – l’incertezza di Misha Pila avrebbe
costituito, per così dire, una Semincognita. La quale, assai più
drammaticamente che una vera e propria Incognita, avrebbe reso irriducibile
a ogni schema anche di ambiguità, l’ambiguità [costituita]
dal dualismo di progetto e di potere vissuto dalla nostra nave spaziale
nelle persone di Klaus Patera e Misha Pila. L’abisso dei cieli si spalancava
ai piedi di questi due. <...> Non è vero che lo spazio sia buio.
Certo, in esso non c’è alcuna vera e propria luce o chiarore. Ma
tuttavia ‘ciò’ che si sprofonda sotto i piedi e si spalanca sopra
la testa, attraverso gli oblò – cioè l’infinito – ha un suo
colore, che emana da se stesso. Il gelo e il silenzio, ma anche la solennità,
formano quello speciale indaco di baratri cosmici, che, agli estremi lembi
a cui può giungere lo sguardo, sfuma in un chiarore – se così
si può chiamare – celestiale. Tutto questo lo so, perché
l’ho visto in un sogno rivelatore. Sia guardando verso l’alto che guardando
verso il basso, si provano delle [speciali] vertigini, che afferrando alle
viscere e allo stomaco e facendo quasi perdere i sensi, mostrano chiaramente
la loro intollerabilità. Un povero corpo umano non è fatto
per tollerarle: e, sentendo che, rovesciato dalle vertigini, è sul
punto, per cosi dire, di vomitare [rigettare] se stesso, capisce che è
venuta l’ora in cui gli sta ammiccando, con un sorriso terrificante rivolto
proprio a lui, il nulla a cui è nato. Tuttavia non solo si tollerano
le vertigini, ma addirittura il terrore che ne deriva ha qualcosa di dolce
ed esaltante, come qualche avvenimento dell’infanzia. In quel mio sogno
rivelatore ho capito, una volta per sempre, che non è il mare la
nostra vera origine, cioè [l’originario] ventre materno (a cui,
con tutte le nostre forze tendiamo a ritornare): la nostra vera origine
è lo spazio. È lì che siamo veramente nati: nella
sfera del cosmo. Nel mare siamo forse nati una seconda volta. E dunque
l’attrazione del mare è profonda, ma quella dello spazio celeste
lo è infinitamente di più (2).
Il pianeta
verso cui era lanciata l’[anfibologica] nave spaziale con Klaus Patera
e Misha Pila era stato scoperto recentemente. Con riferimento a una casuale
citazione di San Paolo, fatta nella Storia Lausiaca (che lo scopritore
stava leggendo per caso in quei giorni) il nuovo pianeta era stato chiamato
«Ta kai ta», o, ormai, nella convenzione subito formatasi,
Takaità. (La frase di San Paolo, che, guarda caso, si riferiva ai
Cieli, nella citazione lausiaca, suonava: "Autòs gar èleghe
Paulos: 'O gar karpòs tou pneúmatós esti' tà
kài tà...").
Il nuovo pianeta era estremamente
lontano. Il viaggio della nave spaziale doveva durare esattamente tre anni,
tre mesi e tre giorni. Dunque Klaus Patera e Misha Pila avevano molto tempo
davanti a sé per osservare e soprattutto per osservarsi; secondo
lo schema di quello specchietto di un semiologo behaviorista, che, ahimè,
sarebbe stato così meravigliosamente perfetto se non ci fosse stata
una malaugurata Semincognita dovuta all’incertezza di Misha.
Nessuno
comunque – sia detto per ottimismo enfatico, anche se pudico – né
degli uomini dell’equipaggio né dei due protagonisti, malgrado il
prevalere dei gravi incarichi assegnati loro dalla società e da
cui erano virilmente compresi – poteva sottrarsi alla gioia di quel tuffo
nel cosmo: di quel ritorno dentro gli spazi da cui tutto era provenuto,
[in forma inorganica]. Gioia, ripeto, gioia, sia pur terrificante.
I tre
anni, tre mesi e tre giorni passarono. La nave spaziale rallentò
la sua soprannaturale velocità, ed entrò nella stratosfera
di ‘Takaità’. Riapparve la luce. Una luce che veniva su come da
un imbuto fumigante: agghiacciata e cinerea, con lontane chiazze blu che
parevano buchi su un altro cielo, estivo e marino, e [striscioni] o fumoni
giallastri, ristagnanti a migliaia e migliaia di chilometri di distanza,
probabilmente intorno al pianeta. Ed ecco infatti apparire la palla di
Takaità, illuminata a metà dal suo Sole (non eravamo naturalmente
più nel sistema solare). Entusiasmante, famigliare palla! Si avvicinava
vertiginosamente, ché la velocità della nave era sempre vertiginosa.
Ecco disegnarsi mari e continenti limacciosi, magmatici, con schiumose
luci contemporaneamente piatte e radenti (dall’altezza della nave infatti
con un solo sguardo si vedeva, sulla palla, l’ora dell’alba, l’ora del
mezzogiorno e l’ora del tramonto). Rapidamente la nave fu proprio sopra
il pianeta, alla distanza di un comune satellite televisivo: alla distanza
cioè in cui il disegno dei mari e delle terre si fa percepibile.
E fu a questo punto che si presentò l’inimmaginabile.
Mentre
la nave si avvicinava alla crosta terrestre di Takaità, Takaità
naturalmente girava: dal giorno passava alla notte. Ed è per questo
che ciò che apparve agli occhi degli astronauti e dei due osservatori,
oltre che essere inimmaginabile, fu anche cosi rapido da sembrare un sogno
e lasciare così seri dubbi sulla sua realtà: da sospendere,
insomma, su di sé il senso.
In cosa
consistette tanta sorpresa, stupefacente fino a dare l’incredulità
che danno i rapidi sogni? Consistette, semplicemente – sia pur nella luce
anomala e folle filtrata da altri strati dell’atmosfera – nell’apparizione
sulla crosta terrestre di Takaità, di forme che ricordavano con
una fedeltà da essere in sostanza identità, le forme della
crosta terrestre del nostro globo. Ecco la tozza forma della Francia, ecco
sotto la non meno tozza forma della penisola iberica e la forma ‘a stivale’
dell’Italia. Un’identità, ripeto, perfetta. Subito tutto fu però
ingoiato dal buio: e la fulminea apparizione – così accesa – parve,
nel buio, uno spettrale miraggio.
La nave
[nel buio] atterrò. E ricominciò – dopo più di tre
anni – per i suoi xxx la convenzione del tempo reale. La notte era notte
e solo notte. Ed era una notte che regolarmente durava, compresi i crepuscoli,
una dozzina di ore. L’oscurità era profonda.
Takaità non aveva
luna, o se per caso ce l’aveva, quella era una notte senza luna.
Le operazioni
per lo sbarco dalla nave erano lunghe. Avrebbero dovuto durare circa quanto
sarebbe durata la notte. Non c’è niente di più commovente
dello stupore dei tecnici: e non c’è niente di più eroico
della loro stupidità e del loro senso del dovere. Benché
ingenuamente stupiti, essi si diedero da fare a espletare con la massima
serietà il loro compito. Non si poteva dire che la notte fosse infine
del tutto passata quando l’equipaggio poté uscire dalla nave. Intorno
era ancora buio: si intravedevano appena, intorno, delle masse immobili,
forse alberi o rocce: solo a oriente il cielo si era trasformato in un
enorme, vertiginoso lastrone di cristallo, attraverso cui una luce, ancora
bassa cominciava a trasparire, trasformando il suo indaco profondo in un
blu inchiostro senza una sfumatura, ma già quasi acceso.
I cosmonauti
uscirono, e, come del resto gli esperti avevano previsto, non ci fu bisogno
né di uno scafandro pesante pieno di zavorra per camminare, né
della maschera e delle bombole di ossigeno per respirare. Si camminava
e si respirava liberamente, come nella nostra Terra. L’equipaggio poté
dunque uscire dalla nave in tuta e a testa scoperta. Appena fuori dalla
nave, un’altra cosa stupefacente colmò di stupore gli astronauti
e li immobilizzò in una silenziosa e allarmata attenzione: lontano,
nel profondo dell’oscurità, era echeggiato il gorgheggio di un usignolo.
Ma probabilmente esso – se era veramente il gorgheggio di un usignolo –
era l’ultimo della notte. Non se ne poté udire che un’estrema frase
interrogativa, poco più che un’eco. Anch’esso dunque scomparve troppo
presto per parere vero e per non dare l’impressione di essere l’inganno
di un sogno. La notte intorno era tiepida, estiva. C’era però, insieme,
quel brivido di fresco che precede l’alba: infatti i piedi erano umidi
di rugiada. Come il cielo, a oriente, da una semplice, sterminata lastra
blu-inchiostro appena schiarito, cominciò a screziarsi in una infinita
serie di preziose sfumature tra cui cominciava già a prevalere una
striscia, quasi dura, d’un rosa cinabro – altri rumori misteriosi, come
[fiati, sospiri], cominciarono a farsi sentire nell’oscurità. Finché
di colpo, questa volta senza possibilità di equivoci, cominciarono
a trillare delle allodole. Quasi altrettanto improvvisamente, l’aria fu
luminosa. La luce era lì, già pronta, una luce triste e perlacea,
ancora fredda. Ma essa rivelò tutto, senza [possibilità di
smentite], in una grigia fatalità.»
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(1)
“... siamo come due esseri astratti su un aerostato che si siano incontrati
per dirsi la verità” (Dostoevskij, I Demoni).
(2)
Forse a questo si riferivano le religioni, col culto dell’Ascensione. Quanto
all’attrazione del mare, cfr. Specialmente Thalassa di Sándor
Ferenczi, considerato, a quanto pare, da Freud “la più ardita applicazione
della psicanalisi che si sia mai tentata”.

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