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Apéndice a «Teorema» - Teoría de los dos paraísos
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Appendice a «Teorema» - Teoria dei due paradisi
Romanzi e racconti, Tomo II 1962-1975, Meridiani Mondadori, Milano 1998
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Apéndice a «Teorema» - Teoría de los dos paraísos
El primer paraíso era el del padre. 
Había una alianza de los sentidos 
debida a la adoración única de algo erecto, 
en ese mundo 
que tenía un rasgo solo, como el desierto 
en un color leonino, caliente de un sexo desconocido 
como una estrella de la que ha quedado sólo la luz 
- era la estación del sol. 
En esa luz naranja y sin fin, 
en el cerco del desierto como un regazo poderosos, 
en la ignorancia de las erecciones paternas pero en su calor 
(casi de toro ingenuo, de hombre esquilado como los jóvenes), 
el niño gozaba del paraíso: la protección 
tenía una sonrisa de conscripto, la paciencia de un rey, 
y Él estaba lejos, o llegaba quizá con una cara 
levemente irónica, como tiene siempre quien protege 
al débil, al tierno - que es casi una mujer. 
El odio surgió de improviso, y sin razón. 
El niño odió quizá a ese hombre 
por su excesiva inocencia. 
El regazo que era como un sol cubierto por nubes 
dulces y potentes, el regazo de ese hombre lejano, 
se convirtió en un oscuro fondo de pantalones, 
quizá perdió vigor, perdió la inocencia equina, 
no fue más que humano. Y el niño obedeció. 
Llegó el día que desde la lejanía 
naranja del desierto, 
se ven las primeras palmas, 
la primera pista que se pierde muda entre las dunas. 
Y el niño perdió el paraíso. 
El padre le expulsó, castigándole 
por su deseo de ser castigado: 
obedeció también él a la obediencia del hijo 
(¿también él tenía un padre?). 
Ese primer paraíso quedó así en el desierto 
de una verde región, 
o de una pequeña ciudad de provincia - 
- en las casas con visillos blancos de una abuela paterna, 
y alturas imposibles, donde para siempre se perdió 
el calor de la fecundidad del padre muchacho. 
El niño cayó de cabeza sobre la tierra, 
perdió el nombre de Lucifer y tomó, a la vez, 
el de Abel y el de Caín (así fue al menos 
en las tierras 
entre el último blanquear del mar 
y el primer rosa de los desiertos africanos). 
Era el nuevo paraíso, y en medio 
de prímulas y violetas 
estaba la madre con su pelliza pobre 
con olor de precoz primavera. 
Como era terrestre, dulcemente terrestre 
su dulzura de niña, que no tiene 
horizonte distinto del 
que los padres, o los hermanos, o el marido le asignan: 
y resignada, pero llena de fantasía, 
sueña, más allá de ese horizonte, con tierras sólo más felices, 
y heroicas, 
sin atreverse a desearlas para sí, 
sino deseándolas sólo para ese hijito a su lado, 
también él todo rociado del frescor de las prímulas. 
Discurría un río, en ese paraíso, 
y cada uno puede darle el nombre que quiera, 
cada uno tiene el suyo, que es siempre el mismo; 
porque la casa donde la madre y el nuevo padre se alojan 
después del matrimonio, está siempre en los alrededores de un río. 
Éste puede discurrir entre una campiña poderosamente verde 
o entre las dunas de las orillas del mar: 
o puede ser párvulo 
entre rocas esparcidas casualmente al sol. 
No importa. Alrededor de ese río profundo y verde, 
o parco de agua entre las piedras secas, 
crecen solos los frutos, y tienen nombres de paraíso, 
manzanas, uvas, cerezas. Y las flores, las inútiles flores, 
no montan menos que ellos: y también sus nombres 
son maravillosos, prímulas, precisamente, o girasoles, 
o las rosas de zarza, con esos pétalos que se deshacen 
entre las espinas, o las campanillas de invierno, o las flores de los tilos... 
También el sol es una criatura amiga, 
dulcificada por la indefensa idea que la madre 
comunica al pequeño hijo valiente a su lado; 
y como nace por la mañana, muere al atardecer, 
y deja su lugar a esas estrellas que el niño 
debe apenas ver, y dejar a sus silencios. 
¡Pero no todas las madres son inocentes!
Y hasta la más inocente de las madres 
- y no se sabe cómo puede haberlo hecho - 
está subyugada a lo que para el hijo 
es espantoso escándalo. 
Un ruiseñor cantaba desesperado 
incluso cuando nadie le oía 
en los márgenes del paraíso. 
Y el mismo odio sin razón, 
nacido solo, como un fruto o una flor 
del paraíso terrenal - renació. 
Nuestra vida es un necio identificarse 
con aquellos que algo de inmensamente nuestro 
nos pone al lado. 
Fuimos, así, la madre que peca ante el fruto 
del llanto sin perdón, el fruto 
desconocido para nosotros, aterrorizados por su misterio 
que resucitaba los días del padre 
- anteriores a los del paraíso terrenal. 
Resplandeció de nuevo el sol del desierto 
sobre esa pequeña poma humana, meta de pobre garganta. 
Pero era horripilante, 
como, precisamente, el sol de otro tiempo, 
de otro mundo: 
el habitual sol de cada día se mantenía 
apartado, segregado como en un repentino diciembre, 
y el otro resplandecía; canícula y peste; 
para crear un profundo silencio, 
y la madre, que era su niño, 
mordió con maternal inocencia y filial malicia 
ese fruto estival. 
En seguida el nuevo padre - que en comparación con el antiguo 
era como este mísero sol de invierno en comparación 
con el que resplandecía sobre él, de los Primeros Veranos - 
siguió su ejemplo, humilde hombre de la tierra, 
fácilmente tentado y fácilmente corrompido. 
También con él nos habíamos identificado 
porque, en cuanto nosotros mismos, no podíamos existir: 
podíamos existir sólo si éramos el padre, la madre. 
Pecamos con sus bocas, con sus manos. 
Y el Primer Padre nos expulsó.
Así perdimos también el segundo paraíso. 
¡Son dos, por tanto, los paraísos que hemos perdido! 
Cogidos de la mano de la madre 
tomamos los caminos del mundo. 
Lucifer se separó de Abel 
y siguió su destino 
acabando en la oscuridad más profunda. 
Abel murió 
asesinado por sí mismo en forma de Caín. 
En suma no quedó más que un hijo, 
un hijo solo. 
Esto al menos sucedió en las tierras 
donde hace doce mil años se produjo la primera inseminación, 
y, un milenio después de este acontecimiento, 
fue nombrado un rey amo de los hombres multiplicados, 
entre el último blanquear del mar y el primer 
rosa del desierto. ¡Cuánta vajilla coloreada! 
Tuvimos que ganarnos la vida: 
esto nos quitó a nosotros, y fue y es el primer infierno 
- éste, éste, que tú visitas y recuerdas. 
Pero debajo del infierno hay otro infierno, 
igual que antes del paraíso había otro paraíso. 
Y al igual que no puedes tener más que una sombra de memoria 
de aquel paraíso, no puedes tener más que una vaga 
sospecha de este segundo infierno: que vives 
y no sabes, 
y arrebatas a ti mismo, pobre hijo 
con una falsa idea de sí, 
con un insignificante recuerdo 
de padres envejecidos o muertos, 
con una vida cotidiana donde el trabajo 
(salvo los raros casos en que es un ornamento del sexo) 
es una necesidad de la vida que aniquila la vida.
Appendice a «Teorema» - Teoria dei due paradisi
Il primo paradiso era quello del padre. 
C’era un’alleanza dei sensi 
dovuta all’adorazione unica di qualcosa di eretto, 
in quel mondo 
che aveva un lineamento solo, come il deserto 
in un colore leonino, caldo di un sesso sconosciuto 
come una stella di cui sia rimasta la sola luce 
– era  era la stagione del sole. 
In quella luce arancione e senza fine, 
nel cerchio del deserto come un grembo potente, 
all’oscuro delle erezioni paterne ma nel loro calore 
(quasi di toro ingenuo, di uomo tosato come i giovani), 
il bambino godeva il paradiso: la protezione 
aveva un sorriso di coscritto, la pazienza di un re, 
ed Egli stava lontano, o arrivava forse con un viso 
lievemente ironico, com’è sempre chi protegge 
il debole, il tenerino – ch’è quasi una donna. 
L’odio sorse improvviso, e senza ragione. 
Il bambino odiò forse quell’uomo 
per la sua troppa innocenza. 
Il grembo ch’era come un sole coperto da nuvole 
dolci e potenti, il grembo di quell’uomo lontano, 
divenne un oscuro fondo di calzoni, 
forse s’immiserì, perdette l’innocenza equina, 
non fu che umano. E il bambino obbedì. 
Venne il giorno che cade fuori dalle lontananze 
arancione del deserto, 
si vedono i primi palmizi, 
la prima pista che si perde muta fra le dune. 
E il bambino perdette il paradiso. 
Il padre lo cacciò, punendolo 
per il suo desiderio di essere punito: 
obbedì anch’egli dell’obbedienza del figlio 
(anch’egli aveva un padre?). 
Quel primo paradiso restò così nel deserto 
di una verde regione, 
o di una piccola città di provincia - 
– nelle case dalle tende bianche di una nonna paterna, 
ed altezze impossibili, dove per sempre fu perso 
il calore della fecondità del padre ragazzo. 
Il bambino cadde a capofitto sulla terra, 
perdette il nome di Lucifero e prese, insieme, 
quello di Abele e quello di Caino (così fu almeno 
nelle terre 
tra l’ultimo biancheggiare del mare 
e il primo rosa dei deserti africani). 
Era il nuovo paradiso, e in mezzo 
a primule e viole 
c’era la madre con la sua pelliccia povera 
odorata di precoce primavera. 
Com’era terrestre, dolcemente terrestre 
la sua dolcezza di bambina, che non ha 
orizzonte diverso da quello 
che i genitori, o i fratelli, o il marito le assegnano: 
e rassegnata, ma piena di fantasia, 
sogna, oltre quell’orizzonte, terre solo più felici, 
ed eroiche, 
senza osare desiderarle per sé, 
ma desiderandole solo per quel figlietto al suo fianco, 
anche lui tutto imperlato del fresco delle primule. 
Scorreva un fiume, in quel paradiso, 
e ognuno può dargli il nome che vuole, 
ognuno ha il suo, ch’è sempre lo stesso; 
perché la casa dove la madre e il nuovo padre alloggiano 
dopo il matrimonio, è sempre nei dintorni di un fiume. 
Esso può scorrere tra una campagna potentemente verde 
oppure tra le dune delle rive del mare: 
o può essere pargolo 
tra rocce sparse a caso al sole. 
Non importa. Intorno a quel fiume profondo e verde, 
oppure magro d’acqua tra i sassi asciutti, 
crescono da soli i frutti, e hanno nomi di paradiso, 
mele, uva, ciliegie. E i fiori, gli inutili fiori, 
non montano meno di loro: e anche i loro nomi 
sono meravigliosi, primule, appunto, o girasoli, 
o le rose di macchia, con quei petali che si sfanno 
tra le spine, o i bucaneve, o i fiori dei tigli... 
Anche il sole è una creatura amica, 
addolcita dall’indifesa idea che la madre 
comunica al piccolo figlio coraggioso al suo fianco; 
e come nasce al mattino, muore alla sera, 
e lascia il posto a quelle stelle che il bambino 
deve appena vedere, e lasciare ai loro silenzi. 
Ma non tutte le madri sono innocenti!
E anche la più innocente delle madri 
– e non si sa come possa averlo fatto – 
è sottostata a ciò che per il figlio 
è spaventoso scandalo. 
Un usignolo cantava disperato 
anche quando nessuno l’udiva 
ai margini del paradiso. 
E lo stesso odio senza ragione, 
nato da solo, come un frutto o un fiore 
del paradiso terrestre – rinacque. 
La nostra vita è un folle identificarsi 
con coloro che qualcosa di immensamente nostro 
ci mette accanto. 
Fummo, così, la madre che pecca davanti al frutto 
del pianto senza perdono, al frutto 
ignoto a noi, terrorizzati dal suo mistero 
che resuscitava i giorni del padre 
– anteriori a quelli del paradiso terrestre. 
Risplendette di nuovo il sole del deserto 
su quel piccolo pomo umano, meta di povera gola. 
Ma era terrificante, 
come appunto, il sole di un altro tempo, 
di un altro mondo: 
il solito sole di ogni giorno se ne stava 
in disparte, segregato come in un improvviso dicembre, 
e l’altro fiammeggiava; solleone e peste; 
a creare un profondo silenzio, 
e la mamma, ch’ era il suo bambino, 
addentò con materna innocenza e figliale malizia 
quel frutto estivo. 
Subito il nuovo padre – che in confronto all’ antico 
era come questo gramo sole d’inverno in confronto 
a quello che fiammeggiava su lui, delle Prime Estati – 
seguì il suo esempio, umile uomo della terra, 
facilmente tentato e facilmente corrotto. 
Anche con lui ci eravamo identificati 
perché, in quanto noi stessi, non potevamo esistere: 
potevamo esistere solo se eravamo il padre, la madre. 
Peccammo con le loro bocche, con le loro mani. 
E il Primo Padre ci cacciò.
Perdemmo così anche il secondo paradiso. 
Due sono dunque i paradisi che noi abbiamo perduto! 
Stretti per mano alla madre 
prendemmo le strade del mondo. 
Lucifero si staccò da Abele 
e seguì il suo destino 
finendo nel buio più profondo. 
Abele morì 
ucciso da se stesso col forne di Caino. 
Insomma non restò che un figlio, 
un figlio solo. 
Questo almeno è avvenuto nelle terre 
dove dodicimila anni fa si ebbe la prima seminagione, 
e, dopo un millennio da questo avvenimento, 
fu nominato un re padrone degli uomini moltiplicati, 
tra l’ultimo biancheggiare del mare e il primo 
rosa del deserto. Quanto vasellame colorato! 
Dovemmo guadagnarci la vita: 
questo ci tolse a noi, e fu ed è il primo inferno 
– questo, questo, che tu visiti e ricordi. 
Ma sotto all’inferno c’è un altro inferno, 
come prima del paradiso c’era un altro paradiso. 
E come non puoi avere che un’ombra di memoria 
di quel paradiso, così non puoi avere che un vago 
sospetto di questo secondo inferno: che vivi 
e non sai, 
e tolto a te stesso, povero figlio 
con una falsa idea di sé, 
con un insignificante ricordo 
di genitori invecchiati o morti, 
con una vita quotidiana dove il lavoro 
(tranne i rari casi in cui è un ornamento del sesso) 
è una necessità della vita che annienta la vita.


Pier Paolo Pasolini. Palabra de corsario - Madrid 2005

Madrid 2005: Exposición - Narrativa: Indice - Pagine corsare: Sumario