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Uno
entre muchos epílogos
Ay, Ninarieddo,
recuerdas aquel sueño…
del que tantas veces
hemos hablado…
Yo estaba en el coche
y me iba solo con el asiento
vacío al lado
mío, y tú corrías tras mí;
a la altura de la ventanilla
aún entreabierta,
corriendo ansioso y obstinado,
me gritabas
con un poco de llanto
infantil en la voz:
“Paolo, ¿me llevas
contigo? ¿Me pagas el viaje?”
Era el viaje de tu vida;
y sólo en sueños
osaste pues descubrirte
y pedirme algo.
Tú sabes muy bien
que aquel sueño es parte de la realidad;
y no fue un Ninetto soñado
el que dijo aquellas palabras.
Y es tan cierto que,
cuando hablamos de ello, te ruborizas.
Ayer, en Arezzo, en el
silencio de la noche,
mientras el centinela
echaba la cadena a la cancela
detrás de ti y
tú estabas a punto de desaparecer,
con tu sonrisa fulmínea
y burlona, me dijiste… “¡Gracias!”
“¿Gracias”, Niné?
Es la primera vez que me lo dices.
De hecho, te das cuenta
de ello y te corriges, aguantando el tipo
(en eso eres un maestro),
bromeando:
“Gracias por el viaje”.
El viaje que tú querías
que yo te pagase era,
lo repito, el viaje de la vida:
y en ese sueño
de hace tres, cuatro años decidí
lo que a mi equívoco
amor por la libertad era contrario.
Si ahora me agradeces
el viaje… Dios mío,
cuando estás en
el calabozo, tomo con miedo
el avión hacia
un lugar lejano. De nuestra vida soy insaciable,
porque una cosa única
en el mundo nunca puede agotarse.
2 de septiembre
de 1969
Uno dei tanti epiloghi
Ohi, Ninarieddo,
ti ricordi di quel sogno...
di cui abbiamo parlato
tante volte...
Io ero in macchina, e
partivo solo, col sedile
vuoto accanto a me, e
tu mi correvi dietro;
all’altezza dello sportello
ancora semiaperto,
correndo ansioso e ostinato,
mi gridavi
con un po’ di pianto
infantile nella voce:
«A Pa’, mi porti
con te? Me lo paghi il viaggio?»
Era il viaggio della
vita: e solo in sogno
hai dunque osato scoprirti
e chiedermi qualcosa.
Tu sai benissimo che
quel sogno fa parte della realtà;
e non è un Ninetto
sognato quello che ha detto quelle parole.
Tanto è vero che
quando ne parliamo arrossisci.
Ieri sera, a Arezzo,
nel silenzio della notte,
mentre il piantone rinchiudeva
con la catena il cancello
alle tue spalle, e tu
stavi per sparire,
col tuo sorriso, fulminea
e buffo, mi hai detto... «Grazie!».
«Grazie»,
Ninè? È la prima volta che me lo dici.
E infatti te ne accorgi,
e ti correggi, sanza perdere la faccia
(cosa in cui sei maestro)
scherzando:
«Grazie per il
passaggio». Il viaggio che tu volevi
ch’io ti pagassi era,
ripeto, il viaggio della vita:
è in quel sogno
di tre quattro anni fa che ho deciso
ciò a cui il mio
equivoco amore per la libertà era contrario.
Se ora mi ringrazi per
il passaggio... Dio mio,
mentre tu sei in gattabuia,
prendo con paura
l’aereo per un luogo
lontano. Della nostra vita sono insaziabile,
perché una cosa
unica al mondo non può essere mai esaurita.
2 settembre
1969
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