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El fútbol “es”
un lenguaje con sus poetas y prosistas
En el debate sobre
los problemas lingüísticos que artificialmente distancian a
literatos de periodistas y a periodistas de futbolistas, fui preguntado
por un atento periodista, para el “Europeo”: pero en la rotativa mis respuestas
han resultado un poco reducidas y flojas (¡debido a las exigencias
periodísticas!). Como el tema me gusta, desearía retomarlo
con un poco de calma y con la plena responsabilidad de lo que digo.
¿Qué es una
lengua? “Un sistema de signos”, responde, de la manera más exacta
hoy, un semiólogo.
Pero ese “sistema
de signos” no es sola y necesariamente una lengua escrito-hablada (ésta
que usamos aquí ahora, yo escribiendo y tú, lector, leyendo).
Los “sistemas
de signos” pueden ser muchos. Pongamos un caso: yo y tú, lector,
nos encontramos en una habitación donde están presentes también
Ghirelli y Brera, y tú quieres decirme de Ghirelli algo que Brera
no debe escuchar. Entonces no puedes hablarme por medio del sistema de
signos verbales, debes adoptar forzosamente otro sistema de signos: por
ejemplo, el de la mímica: entonces empiezas a gesticular con los
ojos y la boca, a agitar las manos, a hacer movimientos con los pies, etcétera.
Eres el “cifrador” de un discurso “mímico” que yo descifro: eso
significa que tenemos en común un código “italiano” de un
sistema de signos mímico.
Otro
sistema de signos no verbal es el de la pintura; o el del cine; o el de
la moda (objeto de estudios de un maestro en este campo, Roland Barthes),
etcétera. El juego del futball es un “sistema de signos”;
es decir, una lengua, aunque no verbal. ¿Por qué hago este
discurso (que quiero continuar esquemáticamente después)?
Porque la querelle que enfrenta el lenguaje de los literatos con
el de los periodistas es falsa. Y el problema es otro.
Veamos.
Cada lengua (sistema de signos escritos-hablados) posee un código
general. Pongamos el italiano: yo y tú, lector, al usar este sistema
de signos, nos comprendemos, porque el italiano es nuestro patrimonio común,
“una moneda de cambio”. Sin embargo, cada lengua está articulada
en varias sublenguas, de las que cada una posee un subcódigo: así
pues, los italianos médicos se comprenden entre sí -cuando
hablan su jerga especializada- porque cada uno de ellos conoce el subcódigo
de la lengua médica; los italianos teólogos se comprenden
entre ellos porque poseen el subcódigo de la jerga teológica,
etcétera. También la lengua literaria es una lengua jergal
que posee un subcódigo (en poesía, por ej., en vez de decir
“speranza” se puede decir “speme”, pero ninguno de nosotros se sorprende
de esta cosa extraña, porque todos sabemos que el subcódigo
de la lengua literaria italiana requiere y admite que en poesía
se usen latinismos, arcaísmos, palabras apocopadas, etc.).
El periodismo
no es más una rama menor de la lengua literaria: para comprenderlo
nosotros nos valemos de una especie de sub-subcódigo. En pocas palabras,
los periodistas no son más que unos escritores, que, para vulgarizar
y simplificar conceptos y representaciones, se valen de un código
literario, digamos -por permanecer en el ámbito deportivo- de serie
B. También el lenguaje de Brera es de serie B respecto al lenguaje
de Carlo Emilio Gadda y de Gianfranco Contini.
Y el
de Brera es, quizá, el caso más noblemente cualificado del
periodismo deportivo italiano.
Por lo
tanto, no existe conflicto “real” entre escritura literaria y escritura
periodística: es esta segunda la que, siendo servil como ha sido
siempre, y enaltecida ahora por su empleo en la cultura de masas (¡que
no es popular!), tiene pretensiones un poco soberbias, de parvenu.
Pero pasemos al football.
El football
es
un sistema de signos, o sea un lenguaje. Tiene todas las características
fundamentales del lenguaje por excelencia, el que nosotros nos planteamos
en seguida como término de confrontación, o sea el lenguaje
escrito-hablado.
De hecho,
las “palabras” del lenguaje del fútbol se forman exactamente igual
que las palabras del lenguaje escrito-hablado. Ahora bien, ¿cómo
se forman estas últimas? Se forman a través de la llamada
“doble articulación”, o sea a través de las infinitas combinaciones
de los “fonemas”: que son, en italiano, las 21 letras del alfabeto.
Los
«fonemas», por tanto, son las «unidades mínimas»
de la lengua escrito-hablada. ¿Queremos divertirnos definiendo la
unidad mínima de la lengua del fútbol? Veamos: “Un hombre
que usa los pies para chutar un balón” es tal unidad mínima:
tal “podema” (si queremos seguir divirtiéndonos). Las infinitas
posibilidades de combinación de los “podemas” forman las “palabras
futbolísticas”: y el conjunto de las “palabras futbolísticas”
forma un discurso, regulado por auténticas normas sintácticas.
Los “podemas” son
veintidós (casi igual que los fonemas): las “palabras futbolísticas”
son potencialmente infinitas, porque infinitas son las posibilidades de
combinación de los “podemas” (en la práctica, los pases de
balón entre jugador y jugador); la sintaxis se expresa en el “partido”,
que es un auténtico discurso dramático.
Los cifradores
de este lenguaje son los jugadores, nosotros, en las gradas, somos los
descifradores: así pues, poseemos en común un código.
Quien
no conoce el código del fútbol no entiende el “significado”
de sus palabras (los pases) ni el sentido de su discurso (un conjunto de
pases).
No soy
ni Roland Barthes ni Greimas, pero como aficionado, si quisiera, podría
escribir un ensayo mucho más convincente que esta mención,
sobre la “lengua del fútbol”. Pienso, además, que se
podría escribir también un bonito ensayo titulado Propp
aplicado al fútbol: porque, naturalmente, como toda lengua,
el fútbol tiene su momento puramente “instrumental”, rigurosa y
abstractamente regulado por el código, y su momento “expresivo”.
En efecto,
antes he dicho que toda lengua se articula en varias sublenguas, cada una
de las cuales posee un subcódigo.
Pues
bien, en la lengua del fútbol se pueden hacer también distinciones
de este tipo: también el fútbol posee unos subcódigos,
desde el momento que, de ser puramente instrumental, pasa a convertirse
en expresivo.
Puede
haber un fútbol como lenguaje fundamentalmente prosístico
y un fútbol come lenguaje fundamentalmente poético.
Para
explicarme, pondré -anticipando las conclusiones- algunos ejemplos:
Bulgarelli juega un fútbol en prosa: él es un “prosista realista”.
Riva juega un fútbol en poesía: él es un poeta “realista”.
Corso
juega un fútbol en poesía, pero no es un “poeta realista”:
es un poeta un poco maudit, extravagante.
Rivera
juega un fútbol en prosa: pero la suya es una prosa poética,
de “elzevir”.
También
Mazzola es un elzeviriano, que podría escribir en el “Corriere della
Sera”: pero es más poeta que Rivera: de vez en cuando él
interrumpe la prosa, e inventa en seguida dos versos fulgurantes.
Quiero
aclarar que entre la prosa y la poesía no hacemos distinción
de valor; la mía es una distinción puramente técnica.
Sin embargo,
entendámonos: la literatura italiana, sobre todo la reciente, es
la literatura de los “elzevirios”: ellos son elegantes y extremadamente
estetizantes: su fondo es casi siempre conservador y un poco provinciano...
en fin, democristiano. Entre todos los lenguajes que se hablan en un país,
incluso los más jergales y difíciles, hay un terreno común:
que es la “cultura” de ese país: su actualidad histórica.
Así,
precisamente por razones de cultura y de historia, el fútbol de
algunos pueblos es fundamentalmente en prosa: prosa realista o prosa estetizante
(este último es el caso de Italia), mientras que el fútbol
de otros pueblos es fundamentalmente en poesía.
En el
fútbol hay momentos que son exclusivamente poéticos: se trata
de los momentos del “gol”. Cada gol es siempre una invención, es
siempre una perturbación del código: todo gol es “ineluctabilidad”,
fulguración, estupor, irreversibilidad. Precisamente como la palabra
poética. El máximo goleador de un campeonato es siempre el
mejor poeta del año. En este momento lo es Savoldi. El fútbol
que expresa más goles es el fútbol más poético.
También
el “dribbling” es de por sí poético (aunque no “siempre”
como la acción del gol). De hecho, el sueño de todo jugador
(compartido por todo espectador) es salir del centro del campo, driblar
a todos y marcar. Si, dentro de los límites permitidos, se puede
imaginar en el fútbol una cosa sublime, es precisamente ésta.
Pero no sucede jamás. Es un sueño (que he visto realizado
sólo en Maghi del pallone de Franco Franchi, que, aunque
sea a nivel rústico, ha conseguido ser perfectamente onírico).
¿Quiénes son los mejores “dribladores” del mundo y los mejores
goleadores? Los brasileños. Por lo tanto, su fútbol es un
fútbol de poesía: de hecho, en él todo está
basado en el dribbling y en el gol.
El catenaccio
(encadenado) y la triangulación (que Brera llama geometría)
es un fútbol de prosa: en efecto, está basado en la sintaxis,
o sea en el juego colectivo y organizado: es decir, en la ejecución
razonada del código. Su único momento poético es el
contraataque, con el “gol” añadido (que, como hemos visto, no puede
más que ser poético). En definitiva, el momento poético
del fútbol parece ser (como siempre) el momento individualista (dribbling
y gol; o pase inspirado).
El fútbol
en prosa es el del llamado sistema (el fútbol europeo): su esquema
es el siguiente:
El “gol”,
en este esquema, está encomendado a la “conclusión”, a ser
posible de un “poeta realista” como Riva, pero debe derivar de una organización
de juego colectivo, basado en una serie de pases “geométricos” ejecutados
según las reglas del código (Rivera en esto es perfecto:
a Brera no le gusta porque se trata de una perfección un poco estetizante,
y no realista, como en los centrocampistas ingleses o alemanes).
El fútbol
en poesía es el del fútbol latinoamericano: su esquema es
el siguiente:
Esquema
que para ser realizado debe requerir una capacidad monstruosa de driblar
(cosa que en Europa es repudiada en nombre de la “prosa colectiva): y el
gol puede ser inventado por cualquiera y desde cualquier posición.
Si dribbling y gol son los momentos individualistas-poéticos del
fútbol, es por eso que el fútbol brasileño es un fútbol
de poesía. Sin hacer distinción de valor, sino en sentido
puramente técnico, en México la prosa estetizante italiana
ha sido vencida por la poesía brasileña.
Il calcio “è” un
linguaggio con i suoi poeti e prosatori
Nel dibattito in
corso sui problema linguistici che artificiamente dividono letterati da
giornalisti e giornalisti da calciatori sono stato interrogato da un gentile
giornalista, per l’“Europeo”: ma le mie risposte sul rotocalco sono risultante
un po’ menomate e fioche (per via delle esigenze giornalistiche!). Siccome
l’argomento mi piace, vorrei ritornarci sopra con un po’ di calma e con
la piena responsabilità di ciò che dico.
Che cos’è
una lingua? “Un sistema di segni”, risponde, nel modo oggi più esatto,
un semiologo.
Ma questo
“sistema di segni” non è solo necessariamente una lingua scritto-parlata
(questa qui che usiamo adesso, io scrivendo, e tu, lettore, leggendo).
I “sistemi
di segni” possono essere molti. Prendiamo un caso: io e tu, lettore, ci
troviamo in una stanza dove sono presenti anche Ghirelli e Brera, e tu
vuoi dirmi di Ghirelli qualcosa che Brera non deve sentire. Allora non
puoi parlarmi per mezzo del sistema di segni verbali: devi per forza adottare
un altro sistema di segni: per esempio, quello della mimica: allora cominci
a torcere gli occhi, a fare delle boccacce, ad agitare le mani, ad accennare
dei gesti coi piedi, ecc. ecc. Sei il “cifratore” di un discorso “mimico”
che io decifro:ciò significa che possediamo in comune un codice
“italiano” di un sistema di segni mimico.
Un altro
sistema di segni non verbale è quello della pittura; o quello del
cinema; o quello della moda (oggetto di studi di un maestro in questo campo,
Roland Barthes) ecc. ecc. Il gioco del football è un “sistema
di segni”; è cioè, una lingua, sia pure non verbale. Perché
faccio questo discorso (che voglio poi schematicamente proseguire)? Perché
la querelle che pone uno contra l’altro il linguaggio dei letterati
e quello dei giornalisti è falsa. E il problema è un altro.
Vediamo.
Ogni lingua (sistema di segni scritti-parlati) possiede un codice generale.
Prendiamo l'taliano: io e tu, lettore, usando questo sistema di segni,
ci comprendiamo, perché l’italiano è un nostro patrimonio
comune, “una moneta di scambio”. Ogni lingua però, è articolata
in varie sottolingue, di cui ognuna possiede un sottocodice: e allora gli
italiani medici si comprendono fra loro - quando parlano il loro gergo
specializzato - perché ognuno di essi conosce il sottocodice della
lingua medica; gli italiani teologi si comprendono fra loro perché
possiedono il sottocodice del gergo teologico, ecc. ecc. Anche la lingua
letteraria è una lingua gergale che possiede un sottocodice (in
poesia, per es., invece di dire “speranza” si può dire “speme”,
ma ognuno di noi non si meraviglia di questa cosa buffa, perché
è a conoscenza che il sottocodice della lingua letteraria italiana
richiede e ammette che in poesia si usino latinismi, arcaismi, parole tronche
ecc. ecc.).
Il giornalismo
non è che un ramo minore della lingua letteraria: per comprenderlo
noi ci valiamo di una specie di sotto-sottocodice. In parole povere, i
giornalisti altro non sono che degli scrittori, che, per volgarizzare e
semplificare concetti e rappresentazioni, si valgono di un codice letterario,
diciamo - per restare in campo sportivo - di serie B. Anche il linguaggio
di Brera è di serie B rispetto al linguaggio di Carlo Emilio Gadda
e di Gianfranco Contini.
E quello
di Brera è forse il caso più dignitosamente qualificato del
giornalismo sportivo italiano.
Non esiste
dunque conflitto “reale” tra scrittura letteraria e scrittura giornalistica:
è questa seconda, che, ancillare com’è sempre stata, esaltata
ora dal suo impiego nella cultura di massa (che non è popolare!!),
accampa pretese un po’ superbe, da parvenu. Ma veniamo al football.
Il football
è un sistema di segni, cioè un linguaggio. Esso ha tutte
le caratteristiche fondamentali del linguaggio per eccellenza, quello che
noi ci poniamo subito come termine di confronto, ossia il linguaggio scritto-parlato.
Infatti
le “parole” del linguaggio del calcio si formano esattamente come le parole
del linguaggio scritto-parlato. Ora, come si formano queste ultime? Esse
si formano attraverso la cosiddetta “doppia articolazione” ossia attraverso
le infinite combinazioni dei “fonemi”: che sono, in italiano, le 21 lettere
dell’alfabeto.
I «fonemi»
sono dunque le «unità minime» della lingua scritto-parlata.
Vogliamo divertirci a definire l’unità minima della lingua del calcio?
Ecco: “Un uomo che usa i piedi per calciare un pallone” è tale unità
minima: tale “podema” (se vogliamo continuare a divertirci). Le infinite
possibilità di combinazione dei “podemi” formano le “parole calcistiche”:
e l’insieme delle “parole calcistiche” forma un discorso, regolato da vere
e proprie norme sintattiche.
I “podemi”
sono ventidue (circa, dunque, come i fonemi): le “parole calcistiche” sono
potenzialmente infinite, perché infinite sono la possibilità
di combinazione dei “podemi” (ossia, in pratica, dei pasaggi del pallone
tra giocatore e giocatore); la sintassi si esprime nella “partita”, che
è un vero e propio discorso drammatico.
I cifratori
di questo linguaggio sono i giocatori, noi, sugli spalti, siamo i decifratori:
in comune dunque possediamo un codice.
Chi non conosce
il codice del calcio non capisce il “significato” delle sue parole (i passaggi)
né il senso del suo discorso (un insieme di passaggi).
Non sono né
Roland Barthes né Greimas, ma da dilettante, se volessi, potrei
scrivere un saggio ben più convincente di questo accenno, sulla
“lingua del calcio”. Penso, inoltre, che si potrebbe anche scrivere
un bel saggio intitolato Propp applicato al calcio: perché,
naturalmente, come ogni lingua, il calcio ha il suo momento puramente “strumentale”
rigidamente e astrattamente regolato dal codice, e il suo momento “espressivo”.
Ho detto
infatti qui sopra come ogni lingua si articoli in varie sottolingue, in
posseso ciascuna di un sottocodice.
Ebbene,
anche per la lingua del calcio si possono fare distinzioni del genere:
anche il calcio possiede dei sottocodici, dal momento in cui, da puramente
strumentale, diventa spressivo.
Ci più
essere un calcio come linguaggio fondamentalmente prosastico e un calcio
come linguaggio fondamentalmente poetico.
Per spiegarmi,
darò - anticipando le conclusioni - alcuni esempi: Bulgarelli gioca
un calcio in prosa: egli è un “prosatore realista”. Riva gioca un
calcio in poesia: egli è un poeta “realista”.
Corso
gioca un calcio in poesia, ma non è un “poeta realista”: è
un poeta un po’ maudit, extravagante.
Rivera gioca un calcio
in prosa: ma la sua è una prosa poetica, da “elzeviro”.
Anche
Mazzola è un elzevirista, che potrebbe scrivere sul “Corriere della
Sera”: ma è più poeta di Rivera: ogni tanto egli interrompe
la prosa, e inventa lì per lì due versi folgoranti.
Si noti
bene che tra la prosa e la poesia non facciamo distinzione di valore; la
mia è una distinzione puramente tecnica.
Tuttavia
intendiamoci: la letteratura italiana, specie recente, è la letteratura
degli “elzeviri”: essi sono eleganti e al limite estetizzanti: il loro
fondo è quasi sempre conservatore e un po’ provinciale... insomma,
democristiano. Fra tutti i linguaggi che si parlano in un Paese, anche
i più gergali e ostici, c’è un terreno comune: che è
la “cultura” di quel Paese: la sua attualità storica.
Così,
propio per ragioni di cultura e di storia, il calcio di alcuni popoli è
fondamentalmente in prosa: prosa realistica o prosa estetizzante (quest’ultimo
è il caso dell’Italia): mentre il calcio di altri popoli è
fondamentalmente in poesia.
Ci sono
nel calcio dei momenti che sono esclusivamente poetici: si tratta dei momenti
del “goal”. Ogni goal è sempre un’invenzione, è sempre una
sovversione del codice: ogni goal è ineluttabilità, folgorazione,
stupore, irreversibilità. Propio come la parola poetica. Il capocannoniere
di un campionato è sempre il miglior poeta dell’anno. In questo
momento lo è Savoldi. Il calcio che esprime più goals è
il calcio più poetico.
Anche
il “dribbling” è di per sé poetico (anche se non “sempre”
come l’azione del goal). Infatti il sogno di ogni giocatore (condiviso
da ogni spettatore) è partire da metà campo, dribblare tutti
e segnare. Se, entro i limiti consentiti, si può immaginare nel
calcio una cosa sublime, è proprio questa. Ma non succede mai. È
un sogno (che ho visto realizzato solo nei Maghi del pallone da
Franco Franchi, che, sia pure a livello brado, è riuscito a essere
perfettamente onirico).
Chi sono i migliori “dribblatori” del mondo e i migliori facitori di goals?
I brasiliani. Dunque il loro calcio è un calcio di poesia: ed esso
è infatti tutto impostato sul dribbling e sul goal.
Il catenaccio
e la triangolazione (che Brera chiama geometria) è un calcio di
prosa: esso è infatti basato sulla sintassi, ossia sul gioco collettivo
e organizzato: cioè sull’esecuzione ragionata del codice. Il suo
solo momento poetico è il contropiede, con l’annesso “goal” (che,
come abbiamo visto, non può che essere poetico). Insomma, il momento
poetico del calcio sembra essere (come sempre) il momento individualistico
(dribbling e goal; o passaggio ispirato).
Il calcio
in prosa è quello del cosiddetto sistema (il calcio europeo): il
suo schema è il seguente:
Il “goal”,
in questo schema, è affidato alla “conclusione”, possibilmente di
un “poeta realistico” come Riva, ma deve derivare da una organizzazione
di gioco collettivo, fondato da una serie di passaggi “geometrici” eseguiti
secondo le regole del codice (Rivera in questo è perfetto: a Brera
non piace perché si tratta di una perfezione un po’ estetizzante,
e non realistica, come nei centrocampisti inglesi o tedeschi).
Il calcio
in poesia è quello del calcio latino-americano: il suo schema è
il seguente:
Schema che
per essere realizzato dave richiedere una capacità mostruosa di
dribblare (cosa che in Europa è snobbata in nome della “prosa collettiva):
e il goal può essere inventato da chiunque e da qualunque posizione.
Se dribbling e goal sono i momenti indicidualistici-poetici del calcio,
ecco quindi che il calcio brasiliano è un calcio di poesia. Senza
far distinzione di valore, ma in senso puramente tecnico, in Messico è
stata la prosa estetizzante italiana a essere battuta dalla poesia brasiliana.
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