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Habría que procesar a los
jerarcas democristianos

Bisognerebbe processare
i gerarchi Dc
Saggi sulla politica e sulla società, Meridiani Mondadori, Milano 1999
(“Il Mondo, 28 agosto 1975; poi in Lettere luterane)
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Giulio Andreotti
 Carlo Donat Cattin
 Amintore Fanfani
 Flaminio Piccoli
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Habría que procesar a los jerarcas democristianos 
Querido Ghirelli: creo que durante mucho tiempo quedará impresa en mi memoria la primera página de Il Giorno del 21 de julio de 1975. Era una página especial incluso desde el punto de vista tipográfico: simétrica y cuadrangular como el bloque de texto de un manifiesto, con una única imagen en el centro también completamente regular formada por los recuadros unidos de cuatro fotografías de cuatro hombres de poder democristianos. Cuatro: el número de Sade. En realidad parecían las fotografías de cuatro ajusticiados, escogidas entre las mejores por sus familiares para ponerlas en sus lápidas. Pero no se trataba en absoluto de un acontecimiento fúnebre, sino de un relanzamiento, de una resurrección. Esas fotografías en el centro de la monolítica página de Il Giorno en realidad parecían querer decirle al aturdido lector que ahí estaba la auténtica realidad física y humana de los cuatro hombres de poder democristianos. Que la broma había terminado. Que las radiantes sonrisas de quien detenta el poder ya no desfiguraban sus caras. Ni las desfiguraba ya la picaresca conciliadora. Que la pesadilla se había desvanecido con la clara luz de la mañana. Y helos ahí, en su autenticidad. Serios, dignos, sin guiños, sin sonrisa burlona, sin demagogia, sin la fealdad de la culpa, sin la vergüenza del servilismo, sin la ignorancia provinciana. Se habían vuelto a poner el chaleco, y el futuro de las personas serias les besaba en la frente.
     Sería injusto, no obstante, si no añadiera que Il Giorno no ha sido el único que en este momento ha asumido el papel de tranquilizar a la nación y de ungir la solución del cuadrumvirato (y luego la del «respetable» Zaccagnini ) con el carisma del apaciguamiento general. También II Corriere della Sera, por ejemplo, ha manifestado el mismo sentimiento de alivio. Y la prensa italiana en general: incluida la prensa burguesa situada en la más despectiva oposición. 
     De eso se infiere que todo el mundo político italiano estaba y sigue estando substancialmente dispuesto a aceptar la continuidad del poder democristiano: a aceptarlo bien con «sobrenatural» confianza disfrazada de seriedad profesional, bien con desdeñosa satisfacción. 
     Pero cuando se sepa, o, mejor, cuando se diga toda la verdad del poder de estos años también quedará clara la demencia de los comentaristas políticos italianos y de las élites cultas de Italia. Y, por consiguiente, su complicidad. 
     Por lo demás, esa «verdad del poder» es ya sabida, pero es sabida como es sabida la «realidad del País»: se conoce a través de una interpretación que «compartimenta los fenómenos» y por medio de la decisión irrevocable, en la consciencia de todos, de no relacionarlos entre sí. 
     Dejar de practicar la «compartimentación de los fenómenos», y devolverles así su lógica al formar un todo único, significaría romper -peligrosamente, es cierto- una continuidad. Pero no nos adelantemos... 
     Tú, querido Ghirelli, te has aprestado a dirigir desde hace unas semanas una revista político-cultural. Una empresa de este tipo nunca ha sido tan difícil como en estos años porque nunca ha sido tan grande la distancia entre el poder (al que en un artículo he llamado «el Palacio») y el País. Se trata (decía) de una auténtica diacronía histórica según la cual en Palacio se reacciona a estímulos que ya no tienen causas reales en el País. La mecánica de las decisiones políticas de Palacio está como enloquecida: obedece a unas reglas cuya «alma» (Moro) ha muerto. 
      Pero, como apuntaba, hay algo más. Los fenómenos (enloquecidos y corruptos) de Palacio se producen en compartimentos estancos; se diría que cada uno de ellos está dentro de la infranqueable área de poder de uno de los miembros de la mafia oligárquica que, venida de las profundidades del más ignorante provincianismo, gobierna Italia desde hace décadas. 
     Cada uno de estos hombres de poder asume sus propias responsabilidades (pero hasta ahora sin responder por ellas); y gracias a esta separación de las responsabilidades se salva el poder en su conjunto. De lo que es culpable Andreotti no es culpable Fanfani; de lo que ha sido culpable Gronchi no ha sido culpable Segni  y así sucesivamente y viceversa. Hasta ahora nadie ha tenido el valor de abarcar el Conjunto en una mirada única. 
     Al mismo tiempo, fuera de Palacio, un País de cincuenta millones de habitantes está experimentando la mutación cultural más profunda de su historia (coincidiendo con su primera unificación real): una mutación que, por ahora, lo degrada y lo echa a perder. Pero también aquí nuestras consciencias de observadores se han manchado, como decía, con la falta imperdonable de haber “separado los fenómenos” de esa degradación y empeoramiento: de no habernos atrevido nunca a abarcar el Conjunto en una sola mirada. 
     Te pondré dos ejemplos menores pero característicos. 
     I) A propósito de la «separación de los fenómenos» de Palacio, he aquí una anécdota divertida. Tras la famosa noche en que fue reducido, por otra parte injustamente, a chivo expiatorio, Fanfani despotricó contra un ingrato protegido suyo, uno de esos (no recuerdo su nombre) de lo que vulgarmente se llama el «pesebre» del poder. Ese hombre (según Fanfani) se había venido prosternando desde hacía tiempo ante el poderoso secretario de la DC para obtener no sé qué cargo ministerial; le había adulado del modo más obsceno («poniendo la chaqueta a mis pies», dice literalmente Fanfaní). En resumen: Fanfani le dio a su adulador el cargo tan ardientemente deseado. Sabemos así cómo se asigna en Italia un cargo público a nivel de gobierno. Ahora bien: si sucede todo esto, eso significa o bien que el régimen parlamentario no funciona (y entonces los extraparlamentarios tienen razón) o bien que es necesario hacerlo funcionar... Sin embargo, una vez más, no nos adelantemos. Incluso los observadores mejor informados, al no perder la compostura ante la impúdica confesión de Fanfani (tal vez por exceso de aristocrático desprecio), se han convertido a su vez en cómplices suyos; y lo que es peor: han seguido sin querer tomar en consideración esta generosa donación de cargos públicos como una de las tantas piezas que forman un mosaico. No han querido ver el mosaico. 
     II) A propósito de la «separación de los fenómenos» del País, me viene a la memoria, entre muchas, una noticia que apareció hace algún tiempo en los diarios a propósito de un congreso sobre la delincuencia de menores en Italia. Los datos sobre delincuencia juvenil que resumía el informe periodístico eran terroríficos: como para revolucionar por completo la idea que en Italia se tiene del «menor». También en este caso ocurrió lo mismo: en nuestra consciencia la «delincuencia juvenil» no es más que una de las piezas (o más bien la fórmula de una de las piezas) que componen el mosaico de la realidad italiana. Que no se puede mirar en su conjunto sin quedarse de piedra. 
     Por consiguiente, en lo que respecta a un observador o a un lugar de observación como es una revista (por ejemplo la que tú diriges): a) lo que ocurre en Palacio y lo que ocurre en el País son dos realidades separadas, cuyas coincidencias son sólo mecánicas o formales, ya que cada realidad va por su lado; b) en estas dos realidades distintas la misma diacronía que las separa se repite en los fenómenos que tienen lugar en su interior. 
     La causa principal de esa separación entre el Palacio y el País, y de la consiguiente compartimentación de los fenómenos en el interior de Palacio y en el interior del País, consiste en la radical mutación del «modo de producción» (cantidades enormes, transnacionalidad, función hedonista); el nuevo poder real que ha nacido de ahí se ha deshecho de los hombres que hasta ese momento habían servido al viejo poder clerical-fascista, convirtiéndolos en solitarios bufones de Palacio, y se ha precipitado sobre el País para consumar «por anticipado» sus genocidios. 
 Me dirás: «Esta carta tuya me parece un poco torpe y repetitiva. Quandoquidem et Cato dormitat?» Y tienes razón, pero con esto termino la primera parte, laboriosa, de la presente carta. Y paso a la conclusión, que pese a ser perfectamente lógica resulta también perturbadora. 
     En el mecanismo que te he descrito (Palacio, País, Nuevo Poder), también intervienen otras fuerzas, el PSI y el PCI, que estarían al margen de esa mecánica. Y tendrían que estarlo precisamente porque su interpretación de la realidad debería ser cultural y no pragmática: al politizarlo todo se debería ver el conjunto; y por tanto el principio, el lugar por donde se podría, justamente, volver a empezar. 
     ¿Por qué, pues, tanto el PSI como el PCI aplazan cualquier forma de interpretación, por tímida que sea, del Conjunto, adaptándose también ellos a la primera regla a que se atienen todos los observadores políticos italianos, de cualquier clase y partido, esto es, la regla de intervenir sólo de fenómeno en fenómeno? 
    Las hipótesis son dos: 
     I) El PSI y el PCI ya no tienen una interpretación cultural de la realidad, y se han identificado ya, en la práctica y con sentido común, con la DC: han aceptado el Desarrollo, con todo lo que (en mi opinión falsamente) conlleva de democrático, de tolerante y de progresista. En esta hipótesis ciertamente tienen sentido las enloquecidas presiones, que vienen ya de todas partes, para que la DC “aprenda” algo del PCI, en particular de su relación real con las masas. Y, efectivamente, en ese caso el PCI tendría algo que enseñarle a la DC; algo indiscutiblemente fundamental: la honradez. 
     II) El PSI y el PCI, por el contrario, conservan todavía su visión ya clásica de interpretación «alternativa» de la realidad, pero no la usan. Y no la usan porque si lo hicieran tendrían que recurrir, lógicamente, a soluciones extremas. 
    ¿Cuáles serían esas soluciones extremas? ¿Acaso las de los extremistas? 
 En absoluto; eso no tendría nada que ver con el método, muy consolidado a estas alturas, del PSI y especialmente del PCI: esas soluciones extremas se mantendrían dentro del marco de la Constitución y del parlamentarismo; consistirían incluso -siguiendo si acaso un estilo de carácter radical- en la exaltación de la Constitución y del sistema parlamentario. 
     En conclusión: lo primero que deberían hacer el PSI y el PCI (si esta hipótesis es correcta) es llevar ante un tribunal a los democristianos que han gobernado Italia durante estos treinta años (especialmente durante los diez últimos). Me refiero en concreto a un proceso penal, ante un tribunal. Andreotti, Fanfani, Rumor  y al menos una docena más de hombres de poder democristianos (quizá incluyendo por corrección a algún presidente de la República) deberían ser llevados, como Nixon, al banquillo de los acusados. O mejor no, no como Nixon, por guardar las debidas proporciones: como Papadopulos. Visto, entre otras cosas, que Ford ha salvado a Nixon del verdadero proceso. Al banquillo de los acusados como Papadopulos. Y acusados allí de una cantidad inmensa de crímenes, que yo enuncio sólo en términos morales (confiando en la posibibilídad de que tarde o temprano se reúna un «tribunal Russell» por fin comprometido, y no conformista y triunfalista como de costumbre): deshonestidad; desprecio por los ciudadanos; defraudación de fondos públicos; cohecho con las gentes del petróleo, con los industriales, con los banqueros; connivencia con la mafia; alta traición en favor de una potencia extranjera; colaboración con la CIA; uso ilegal de entes como el SID  responsabilidad por los atentados de Milán, Brescia y Bolonia  (al menos por su culpable incapacidad para castigar a los ejecutores); destrucción paisajística y urbanística de Italia; responsabilidad por la degradación antropólógica de los italianos (responsabilidad, ésta, agravada por su total inconsciencia); responsabilidad por la situación espantosa, como suele decirse, de las escuelas, de los hospitales y de toda obra pública básica; responsabilidad por el abandono «salvaje» del campo; responsabilidad por la explosión «salvaje» de la cultura de masas y de los massmedia; responsabilidad por la estupidez delictiva de la televisión; responsabilidad por la decadencia de la Iglesia; y, por último, además de todo lo anterior, quizá, reparto borbónico de cargos públicos a aduladores. 
     Sin un proceso penal así es inútil esperar que haya algo que hacer por nuestro País. Está claro además que la respetabilidad de algunos democristianos (Moro, Zaccagnini) o la moralidad de los comunistas no sirven para nada. 

«Il Mondo», 28 de agosto de 1975» .


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 Mariano Rumor
 Mario Scelba
 Giovanni Gronchi
 Giovanni Leone
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Bisognerebbe processare i gerarchi Dc
Caro Ghirelli, credo che mi resterà a lungo impressa nella memoria la prima pagina del «Giorno» del 21 luglio 1975. Era una pagina anche tipograficamente particolare: simmetrica e squadrata come il blocco di scrittura di un manifesto, e, al centro, un’unica immagine anch’essa perfettamente regolare, formata dai riquadri uniti di quattro fotografie di quattro potenti democristiani. Quattro: il numero di De Sade. Parevano infatti le fotografie  di quattro giustiziati, scelte dai familiari tra le loro migliori, per essere messe sulla lapide. Ma, al contrario, non si trattava di un avvenimento funebre, bensì di un rilancio, di una resurrezione. Quelle fotografie al centro della monolitica pagina del «Giorno» parevano infatti voler dire allo sbalordito lettore, che quella lì era la vera realtà fisica e umana dei quattro potenti democristiani. Che gli scherzi erano finiti. Che le raggianti risate di chi detiene il potere non sfiguravano più le loro facce. Né le sfigurava più l’ammiccante furbizia. Il brutto sogno si era dissolto nella chiara luce del mattino. Ed eccoli lì, veri. Seri, dignitosi, senza smorfie, senza ghigno, senza demagogia, senza la bruttura della colpevolezza, senza la vergogna della servilità, senza l’ignoranza provinciale. Si erano rinfilati il doppiopetto e li baciava in fronte il futuro delle persone serie. 
     Sarei però ingiusto se non aggiungessi che il «Giorno» non è stato il solo ad assumersi il ruolo di rassicurare, in quel momento, la nazione, e di dare il crisma della pacificazione generale alla soluzione del quadrumvirato (e poi a quella del «rispettabile» Zaccagnini). Anche il “Corriere della Sera” ha manifestato, per esempio, lo stesso sentimento di sollievo. E del resto tutta la stampa italiana: anche quella borghese più sprezzantemente all’opposizione. 
     Ciò che se ne desume è questo: tutto il mondo politico italiano era, ed è, pronto ad accettare sostanzialmente la continuità del potere democristiano, o con fiducia «miracolistica», mascherata da serietà professionale, o con gratificante disprezzo. 
     Ora, quando si saprà, o, meglio, si dirà, tutta intera la verità del potere di questi anni, sarà chiara anche la follia dei commentatori politici italiani e delle élites colte italiane. E quindi la loro omertà. 
     Del resto tale «verità del potere» è già nota, ma è nota come è nota la «realtà del Paese»: è nota cioè attraverso un’interpretazione che «divide i fenomeni», e attraverso la decisione irrevocabile, nelle coscienze di tutti, di non concatenarli. 
     Non praticare più la «divisione dei fenomeni», rendendoli, così, logici in un tutto unico, significherebbe rompere - e certo pericolosamente - una continuità. Ma non anticipiamo... 
     Tu, caro Ghirelli, ti sei accinto da qualche settimana all’impresa di dirigere una rivista politico-culturale. Mai una simile impresa è stata più difficile che in questi anni, perché mai la distanza tra il potere (quello che in un articolo di varietà ho chiamato il «Palazzo») e il Paese è stata più grande. Si tratta (dicevo) di una vera e propria diacronia storica: per cui nel Palazzo si reagisce a stimoli ai quali non corrispondono più cause reali nel Paese. La meccanica delle decisioni politiche del Palazzo è come impazzita: essa obbedisce a regole la cui «anima» (Moro) è morta. 
     Ma c’è di più, come accennavo. I fenomeni (impazziti e marcescenti) del Palazzo avvengono in comparti stagni, ognuno, si direbbe, dentro l’invalicabile area di potere di uno degli appartenenti alla mafia oligarchica, che, provenuta dal fondo della provincia più ignorante, governa da qualche decennio l’Italia. 
     Ognuno di tali potenti si assume le sue responsabilità (mai però, finora, pagate): e grazie a questa separazione delle responsabilità, salva l’insieme del potere. Ciò di cui è colpevole Andreotti non è colpevole Fanfani, ciò di cui è stato colpevole Gronchi non è stato colpevole Segni, e così via e viceversa. Nessuno ha mai avuto il coraggio di abbracciare con un solo sguardo l’Insieme. 
     Nel tempo stesso, fuori dal Palazzo, un Paese di cinquanta milioni di abitanti sta subendo la più profonda mutazione culturale della sua storia (coincidendo con la sua prima vera unificazione): mutazione che, per ora, lo degrada e lo deturpa. Ma anche qui le nostre coscienze di osservatori si sono macchiate dell’imperdonabile colpa di avere, come dicevo, «separato i fenomeni» di tale degradazione e deterioramento: di non averne mai osato abbracciare con un solo sguardo l’Insieme. 
     Ti faccio du esempi minimi ma tipici. 
     I) A proposito della «separazione dei fenomeni» di Palazzo, ecco un divertente aneddoto. Dopo la famosa notte in cui è stato, peraltro ingiustamente, ridotto a capro espiatorio, Fanfani si è sfogato contro un suo protetto ingrato, uno (non ricordo come si chiami) di quella che, del resto volgarmente, si definisce «greppia» del potere. Costui (è Fanfani a parlare) si era a lungo prosternato davanti al potente segretario della Dc per ottenere non so che carica ministeriale: l’aveva adulato nel modo più osceno («gettando la sua giacca sotto i miei piedi» dice esattamente Fanfani). In conclusione, Fanfani ha concesso quella carica, tanto ardentemente desiderata, al suo adulatore. Sappiamo, così, come in Italia viene concessa una carica pubblica a livello di governo. Ora, se tutto ciò accade, vuol dire o che un regime parlamentare non funziona (e allora hanno ragione gli extraparlamentari), oppure che bisogna farlo funzionare... Ma, ancora, non anticipiamo. Anche gli osservatori più informati, non scomponendosi (sia pure per eccesso di aristocratico disprezzo) di fronte a questa impudente confessione di Fanfani, si sono resi, intanto, suoi complici: ma, quel che è peggio, hanno appunto continuato a non voler considerare questa elargizione di cariche pubbliche come una delle tante tessere che formano un mosaico: non hanno voluto vedere il mosaico. 
     II) A proposito della «separazione dei fenomeni» del Paese, mi viene in mente, fra le tante, la notizia apparsa qualche tempo fa sui giornali a proposito di un convegno sulla criminalità minorile in Italia. I dati che in quella notizia giornalistica si riassumevano, in merito alla criminalità minorile, erano terrificanti: tali da rivoluzionare del tutto l’idea che si ha del «minore» in Italia. Ma anche qui: la «criminalità minorile» non è nella nostra coscienza che una delle tessere (anzi, la formula di una delle tessere) che compongono il mosaico della realtà italiana. Che non si può guardare nel suo insieme se non a costo di restare impietriti. 
     Dunque, per quanto riguarda un osservatore, o un luogo di osservazione com’è una rivista (per esempio quella che tu dirigi): a) ciò che succede nel Palazzo e ciò che succede nel Paese sono due realtà separate, le cui coincidenze sono solo meccaniche o formali: ognuna in effetti va per conto suo; b) in queste due diverse realtà, la stessa diacronia che le separa si ripete nei fenomeni che avvengono nel loro interno. 
     La causa prima di tale separazione tra il Palazzo e il Paese, e della conseguente separazione dei fenomeni all’interno del Palazzo e del Paese, consiste nella radicale mutazione del «modo di produzione» (enorme quantità, transnazionalità, funzione edonistica): il nuovo potere reale che ne è nato ha scavalcato gli uomini che fino a quel momento avevano servito il vecchio potere clerico-fascista, lasciandoli soli a fare i buffoni nel Palazzo, e si è gettato nel Paese a compiere «anticipatamente» i suoi genocidi. 
     Tu mi dirai: «Questa tua lettera mi sembra un pochino goffa e ripetitiva. Quandoquidem et Cato dormitat?». Si, è vero, ma qui è finita la prima parte, diligente, della presente mia lettera. E vengo alla conclusione che, essendo perfettamente logica, è anche sconvolgente. 
     Nel meccanismo (Palazzo, Paese, Nuovo Potere) che ti ho descritto, intervengono anche altre forze: il Psi, il Pci, che da tale meccanica sarebbero libere. E sarebbero libere precisamente perché la loro interpretazione della realtà dovrebbe essere culturale e non pragmatica: politicizzando il tutto, se ne dovrebbe vedere l’insieme: e quindi il principio: per cui si potrebbe, appunto, ricomincare. 
     Perché allora sia il Psi che il Pci sospendono ogni forma, sia pur timida, di interpretazione dell’Insieme, adeguandosi anch’essi alla regola prima cui si attengono tutti gli osservatori politici italiani, di ogni classe e partito, la regola cioè di intervenire solo fenomeno per fenomeno? 
     Le ipotesi sono due: 
     I) Il Psi e il Pci non possiedono più una interpretazione culturale della realtà, essendosi ormai identificati, nel pragma e nel buon senso, con la Dc: accettazione dello Sviluppo, con quanto di democratico, tollerante, progressista esso (falsamente, io sostengo) comporta. In tale ipotesi valgono certamente le pazzesche sollecitazioni, che si levano ormai da ogni parte, alla Dc di «imparare» qualcosa dal Pci, specie nel suo rapporto reale con le masse. Ed effettivamente in tal caso il Pci avrebbe qualcosa da insegnare alla Dc, qualcosa di indubbiamente fondamentale: l’onestà.
     II) Il Psi e il Pci possiedono invece, ancora, la loro visione ormai classica di interpretazione «altra» della realtà, ma non ne fanno uso. E non ne fanno uso perché, se ne facessero uso, essi dovrebbero ricorrere, logicamente, a soluzioni estreme. 
     E quali sarebbero queste soluzioni estreme? Forse quelle degli estremisti? 
     Non proprio: ciò non rientrerebbe nel metodo, ormai ben stabilizzato, del Psi e specialmente del Pci: tali soluzioni estreme si manterrebbero nell’ambito della Costituzione e del parlamentarismo: anzi, sarebbero - secondo uno stile semmai di carattere radicale - l’esaltazione della Costituzione e del parlamentarismo. 
     In conclusione, il Psi e il Pci dovrebbero per prima cosa (se vale questa ipotesi) giungere ad un processo degli esponenti democristiani che hanno governato in questi trent’anni (specialmente gli ultimi dieci) l‘Italia. Parlo proprio di un processo penale, dentro un tribunale. Andreotti, Fanfani, Rumor, e almeno una dozzina di altri potenti democristiani (compreso forse per correttezza qualche presidente della Repubblica) dovrebbero essere trascinati, come Nixon, sul banco degli imputati. Anzi, no, non come Nixon, restiamo alle giuste proporzioni: come Papadopulos. Visto fra l’altro che Nixon è stato salvato da Ford dal processo vero e proprio. Nel banco degli imputati come Papadopulos. E quivi accusati di una quantità sterminata di reati, che io enuncio solo moralmente (sperando nell’eventualità che, almeno, venga prima o poi celebrato un «processo Russell» finalmente impegnato e non conformistico e trionfalistico com’è di solito): indegnità, disprezzo per i cittadini, manipolazione del denaro pubblico, intrallazzo con i petrolieri, con gli industriali, con i banchieri, connivenza con la mafia, alto tradimento in favore di una nazione straniera, collaborazione con la Cia, uso illecito di enti come il Sid, responsabilità nelle stragi di Milano, Brescia e Bologna (almeno in quanto colpevole incapacità di punirne gli esecutori), distruzione paesaggistica e urbanistica dell’Italia, responsabilità della degradazione antropologica degli italiani (responsabilità, questa, aggravata dalla sua totale inconsapevolezza), responsabilità della condizione, come suol dirsi, paurosa, delle scuole, degli ospedali e di ogni opera pubblica primaria, responsabilità dell’abbandono «selvaggio» delle campagne, responsabilità dell‘esplosione «selvaggia» della cultura di massa e dei mass media, responsabilità della stupidità delittuosa della televisione, responsabilità del decadimento della Chiesa, e infine, oltre a tutto il resto, magari, distribuzione borbonica di cariche pubbliche ad adulatori. 
     Senza un simile processo penale, è inutile sperare che ci sia qualcosa da fare per il nostro Paese. È chiaro infatti che la rispettabilità di alcuni democristiani (Moro, Zaccagnini) o la moralità dei comunisti non servono a nulla. 

«Il Mondo», 28 agosto 1975 

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Pier Paolo Pasolini. Palabra de corsario - Madrid 2005

Madrid 2005: Exposición - Ensayos: Indice - Pagine corsare: Sumario