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7 de enero de 1973.
El «tema» de las melenas *
La primera vez que
vi melenudos fue en Praga. En el vestíbulo del hotel en donde me
alojaba entraron dos jóvenes extranjeros con melenas que les llegaban
hasta los hombros. Atravesaron el vestíbulo, llegaron hasta un rincón
algo apartado y se sentaron junto a una mesa. Permanecieron allí
durante una media hora, observados por los clientes, entre los que estaba
yo; luego se marcharon. Ni mientras pasaron a través de la gente
aglomerada en el vestíbulo, ni mientras estuvieron sentados en su
rincón apartado, ninguno de los dos pronunció palabra (quizá
-no lo recuerdo- murmuraron algo entre ellos; aunque, supongo, algo concretamente
práctico, inexpresivo).
En realidad, en aquella especial situación -que era del todo pública,
o social, y, casi diría, oficial- no tenían ninguna necesidad
de hablar. Su silencio era rigurosamente funcional. Y sencillamente lo
era porque la palabra era superflua. En realidad, ellos empleaban para
comunicarse con los presentes, con los observadores -con sus hermanos de
aquel momento- otro lenguaje del formado por las palabras.
Lo que remplazaba al tradicional lenguaje verbal, haciéndolo superfluo
-y encontrando además inmediata ubicación en el amplio dominio
de los «signos»; es decir, en el ámbito de la semiología-
era el lenguaje de sus melenas.
Se trataba de un único signo -precisamente el cabello largo que
les llegaba a los hombros- en el que se hallaban concentrados todos los
posibles signos de un lenguaje articulado. ¿Cuál era el sentido
de su mensaje silencioso y exclusivamente físico?
Era éste: «Somos dos melenudos. Pertenecemos a una nueva clase
humana que está apareciendo en el mundo en estos días, que
tiene su centro en América y que es desconocida en provincias (como
por ejemplo -y sobre todo- aquí en Praga). Para vosotros somos,
pues una aparición. Practicamos nuestro apostolado, plenos ya de
un saber que nos colma y nos absorbe totalmente. No tenemos nada que añadir
oral y racionalmente a lo que físicamente y ontológicamente
dice nuestro pelo. La sabiduría que nos llena, en parte a través
de nuestro apostolado, también os llegará un día a
vosotros. De momento es una novedad, una gran novedad, que crea en el mundo,
junto al escándalo, una esperanza: que no será traicionada.
Hacen bien los burgueses en mirarnos con odio y terror, porque la base
en que se asienta la longitud de nuestro pelo les crea una total contestación.
Pero que no nos tomen por gente mal educada y salvaje: somos muy conscientes
de nuestra responsabilidad. No los estamos mirando» vamos a lo nuestro.
Hagan lo mismo y esperen los acontecimientos.»
Yo fui destinatario de esta comunicación, y también pude
descifrarla en seguida: aquel lenguaje carente de léxico, de gramática
y de sintaxis podía ser aprendido inmediatamente, y quizá
también porque, entre otras cosas, desde el aspecto semiológico,
no era más que una forma de aquel “lenguaje de la presencia física”
que los hombres han sabido emplear desde siempre.
Comprendí, y sentí una inmediata antipatía hacia los
dos.
Después tuve que tragarme la antipatía y defender a los melenudos
de los ataques de la policía y de los fascistas: estuve naturalmente,
por principio, de parte del Living Theatre, de los beats, etc., y el principio
que me hacía sentir de su parte era un principio rigurosamente democrático.
Los melenudos se volvieron bastante numerosos —como los primeros cristianos—,
pero seguían siendo misteriosamente silenciosos; sus cabellos largos
eran su único y verdadero lenguaje, y poco importaba añadir
otro cualquiera. Su habla coincidía con su ser. La inefabilidad
era la ars retorica de su protesta.
¿Qué decían, con su lenguaje inarticulado consistente
en el signo monolítico del cabello, los melenudos en 1966 y 1967?
Decían esto: «La civilización de consumo nos da asco.
Protestamos de forma radical. Creamos un anticuerpo a dicha civilización,
a través del rechazo. Parecía que todo marchaba bien, ¿eh?
¿Nuestra generación tenía que ser una generación
de integrados? Pues esto es lo que pasa en realidad. Oponemos la locura
a un destino de “ejecutivos”. Creamos nuevos valores religiosos
en la entropía burguesa, precisamente en el momento en que se está
volviendo perfectamente laica y hedonista. Lo hacemos con un clamor y una
violencia revolucionaria (¡la violencia de los no violentos!) porque
nuestra crítica a nuestra sociedad es total e intransigente.»
Creo que si hubieran sido interrogados según el sistema tradicional
del lenguaje verbal no hubieran podido expresar de forma tan articulada
el compromiso de sus melenas: aunque venía a ser eso lo que sustancialmente
expresaban. En cuanto a mí, aunque ya desde entonces sospechaba
que su «sistema de signos» era producto de una subcultura de
protesta que se oponía a una subcultura de poder, y que su revolución
no marxista era sospechosa, continué por un tiempo estando de su
parte, asumiéndolos al menos en el elemento anárquico de
mi ideología.
El lenguaje de aquellos cabellos, aunque inefablemente, expresaba «cosas»
de izquierda. Quizá de la nueva izquierda, nacida dentro
del universo burgués (en una dialéctica creada a lo mejor
artificialmente por aquella mente que regula, más allá de
la conciencia de los poderes especiales e históricos, el destino
de la burguesía).
Llegó 1968. Los melenudos fueron absorbidos por el movimiento estudiantil;
ondearon las banderas rojas en las barricadas. Su lenguaje cada vez expresaba
más «cosas» de izquierda. (Che Guevara era melenudo,
etc.)
En 1969 -con la tragedia de Milán, la Mafia, los emisarios de los
coroneles griegos, la complicidad de los ministros, la trama negra, los
provocadores- los melenudos se habían difundido extraordinariamente;
aunque aún no fueran la mayoría numérica, lo eran
sin embargo por el peso ideológico que habían adquirido.
Entonces, los melenudos ya no eran silenciosos: no delegaban al sistema
de signos de su cabello su completa capacidad comunicativa y expresiva.
Al contrario, la presencia física de las melenas se había,
en cierto modo, degradado a una función distintiva. Había
vuelto la utilización tradicional del lenguaje verbal. Y no digo
verbal casualmente. No, lo subrayo. Se ha hablado tanto de 1968 a 1970
que durante un tiempo podrá dejar de hacerse: se ha dado importancia
a la palabrería, y el verbalismo ha sido la nueva ars retorica
de la revolución (gauchismo, ¡enfermedad verbal del marxismo!).
Aunque las melenas —reabsorbidas en la furia verbal— ya no hablaran autónomamente
a los destinatarios trastornados, aún encontré fuerzas para
agudizar mis capacidades de descodificación, y, en medio del barullo,
intenté prestar atención al discurso silencioso, evidentemente
no interrumpido, de aquellas melenas cada vez más largas.
¿Qué decían ahora? Decían: «Sí,
es verdad, decimos cosas de izquierdas; nuestro sentido —aunque puramente
acompañante del sentido de los mensajes verbales— es un sentido
de izquierdas... Pero... Pero... »
La comunicación de las melenas se paraba ahí: tenía
que integrarlo yo solo. Con aquel «pero» evidentemente querían
decir dos cosas:
1) «Nuestra inefabilidad se revela cada vez más de tipo irracional
y pragmático: la preferencia que silenciosamente atribuimos a la
acción es de carácter subcultural, y por tanto esencialmente
de derechas.»
2) « Nos han adoptado también los provocadores fascistas,
que se mezclan con los revolucionarios verbales (el verbalismo puede llevar
también a la acción, sobre todo cuando la mitifica): y constituimos
una máscara perfecta, no sólo desde el punto de vista físico
—nuestro desordenado fluir y ondear tiende a homologar todas las caras—
sino también desde el punto de vista cultural; en realidad una subcultura
de derechas puede confundirse perfectamente con una subcultura de izquierdas.»
Por fin comprendí que el lenguaje de las melenas ya no expresaba
«cosas» de izquierdas, sino que expresaba algo equívoco,
derecha-izquierda, lo que hacía posible la presencia de los provocadores.
Hace unos diez años pensaba que entre nosotros, los de la generación
anterior, un provocador era casi inconcebible (a no ser que se tratara
de un depurado actor): su subcultura se habría distinguido, incluso
físicamente, de nuestra cultura. ¡Lo habríamos
reconocido por los ojos, la nariz, y el pelo! En seguida lo habríamos
desenmascarado, e inmediatamente le habríamos dado la lección
que se merecía. Ahora ya no es posible, nadie podría distinguir,
por la presencia física, a un revolucionario de un provocador. Derecha
e izquierda se han fundido físicamente.
Llegamos a 1972.
Estaba, en septiembre, en la pequeña ciudad de Isfahan, en el corazón
de Persia. País subdesarrollado, como horrorosamente se dice, pero,
como también horrorosamente se dice, en pleno despegue hacia el
desarrollo.
Sobre la Isfahan de hace unos diez años —una de las más bellas
ciudades del mundo, si no la más bella— ha nacido una nueva Isfahan,
moderna y feísima. Pero por sus calles, en el trabajo, o de paseo,
al atardecer, se ven muchachos como se veían en Italia hace unos
diez años: hijos dignos y humildes, con hermosas nucas, bellas caras
limpias bajo atrevidos mechones inocentes. Y, de repente, una noche, caminando
por la calle principal, vi, entre todos aquellos chicos antiguos, bellísimos
y llenos de la antigua dignidad humana, dos seres monstruosos: no eran
precisamente melenudos, pero su cabello estaba cortado a la europea, largo
por detrás, corto en la frente, estoposo por los tirones, pegado
artificialmente alrededor de la cara con dos escuálidos mechones
sobre las orejas.
¿Qué decía su pelo? Decía: «¡Nosotros
no pertenecemos al número de estos muertos de hambre, de estos pobretones
subdesarrollados, que se han quedado atrás en la edad bárbara!
Nosotros somos empleados de banca, estudiantes, hijos de gente rica que
trabaja en las sociedades petrolíferas; conocemos Europa, hemos
leído. ¡Somos burgueses, y nuestro largo cabello testimonia
nuestra modernidad internacional de privilegiados! »
Aquellos pelos largos aludían, pues, a «cosas» de derechas.
El ciclo se ha cumplido. La subcultura en el poder ha absorbido la subcultura
de la oposición y se la ha apropiado: con diabólica habilidad
la ha convertido pacientemente en una moda, que, aunque no se pueda llamar
precisamente fascista en el sentido clásico de la palabra, es sin
embargo de una «extrema derecha» real.
Concluyo amargamente. Las máscaras repugnantes que los jóvenes
se ponen en la cara, afeándose como viejas putas de una injusta
iconografía, crean objetivamente en sus fisonomías lo que
ellos verbalmente han condenado para siempre. Han vuelto a salir las viejas
caras de curas, de jueces, de oficiales, de falsos anarquistas, de empleados
bufones, de leguleyos, mercenarios, de enredones, de gamberros conformistas.
Es decir, la condena radical e indiscriminada que han pronunciado contra
sus padres —que son la historia en evolución y la cultura precedente—
levantando contra ellos una barrera infranqueable, ha acabado por aislarlos,
impidiéndoles una relación dialéctica con sus padres.
Y sólo a través de dicha relación dialéctica
—aunque dramática y extrema— es como habrían podido tomar
verdadera conciencia histórica de sí mismos y seguir adelante,
«superar» a sus padres. Por el contrario, el aislamiento en
el que se han encerrado —como en un mundo aparte, en un gueto reservado
a la juventud— los ha retenido en su insuprimible realidad histórica,
lo que, fatalmente, ha implicado una regresión. En realidad, han
vuelto más atrás que sus padres, resucitando en su espíritu
terrores y conformismos, y, en su aspecto físico, convencionalismos
y miserias que parecían haber sido superados para siempre.
De modo que ahora el cabello largo expresa, en su inarticulado y obseso
lenguaje de signos no verbales, en su gamberra iconografía, las
«cosas» de la televisión o de los «anuncios»
de los productos, donde ya resulta totalmente inconcebible un joven sin
el pelo largo: hecho que, hoy, sería escandaloso para el poder.
Siento un inmenso y sincero disgusto al decirlo (más bien una auténtica
desesperación), pero el hecho es que centenares y millares de caras
de jóvenes italianos se parecen cada vez más a Merlín.
Su libertad de llevar el pelo como quieran ya no es defendible porque ya
no es libertad. Ha llegado el momento de decir a los jóvenes que
su forma de arreglarse es horrorosa, por ser servil y vulgar. Ha llegado
el momento de que ellos mismos se den cuenta y se liberen de su ansia culpable
de seguir las órdenes degradantes de la horda.
*
En el Corriere della sera bajo el titulo “Contra el pelo largo”.

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7 gennaio 1973. Il
«discorso» dei capelli *
La prima volta che
ho visto i capelloni, è stato a Praga. Nella hall dell’albergo dove
alloggiavo sono entrati due giovani stranieri, con i capelli lunghi fino
alle spalle. Sono passati attraverso la hall, hanno raggiunto un angolo
un po’ appartato e si sono seduti a un tavolo. Sono rimasti lì seduti
per una mezzoretta, osservati dai clienti, tra cui io; poi se ne sono andati.
Sia passando attraverso la gente ammassata nella hall, sia stando seduti
nel loro angolo appartato, i due non hanno detto parola (forse - benché
non lo ricordi - si sono bisbigliati qualcosa tra loro: ma, suppongo, qualcosa
di strettamente pratico, inespressivo).
Essi, infatti, in quella particolare situazione - che era del tutto pubblica,
o sociale, e, starei per dire, ufficiale - non avevano affatto bisogno
di parlare. Il loro silenzio era rigorosamente funzionale. E lo era semplicemente,
perché la parola era superflua. I due, infatti, usavano per comunicare
con gli astanti, con gli osservatori - coi loro fratelli di quel momento
- un altro linguaggio che quello formato da parole.
Ciò che sostituiva il tradizionale linguaggio verbale, rendendolo
superfluo - e trovando del resto immediata collocazione nell’ampio dominio
dei «segni», nell’ambito ciò della semiologia - era
il linguaggio dei loro capelli.
Si trattava di un unico segno - appunto la lunghezza dei loro capelli cadenti
sulle spalle - in cui erano concentrati tutti i possibili segni di un linguaggio
articolato Qual era il senso del loro messaggio silenzioso ed esclusivamente
fisico?
Era questo: «Noi siamo due Capelloni. Apparteniamo a una nuova categoria
umana che sta facendo la comparsa nel mondo in questi giorni, che ha il
suo centro in America e che, in provincia (come per esempio anzi, soprattutto
- qui a Praga) è ignorata. Noi siamo dunque per voi una Apparizione.
Esercitiamo il nostro apostolato, già pieni di un sapere che ci
colma e ci esaurisce totalmente. Non abbiamo nulla da aggiungere oralmente
e razionalmente a ciò che fisicamente e ontologicamente dicono i
nostri capelli. Il sapere che ci riempie, anche per tramite del nostro
apostolato, apparterrà un giorno anche a voi. Per ora è una
Novità, una grande Novità, che crea nel mondo, con lo scandalo,
un’attesa: la quale non verrà tradita. I borghesi fanno bene a guardarci
con odio e terrore, perché ciò in cui consiste la lunghezza
dei nostri capelli li contesta in assoluto. Ma non ci prendano per della
gente maleducata e selvaggia: noi siamo ben consapevoli della nostra responsabilità.
Noi non vi guardiamo, stiamo sulle nostre. Fate così anche voi,
e attendete gli Eventi».
Io fui destinatario di questa comunicazione, e fui anche subito in grado
di decifrarla: quel linguaggio privo di lessico, di grammatica e di sintassi,
poteva essere appreso immediatamente, anche perché, semiologicamente
parlando, altro non era che una forma di quel «linguaggio della presenza
fisica» che da sempre gli uomini sono in grado di usare.
Capii, e provai una immediata antipatia per quei due.
Poi dovetti rimangiarmi l’antipatia, e difendere i capelloni dagli attacchi
della polizia e dei fascisti: fui naturalmente, per principio, dalla parte
del Living Theatre, dei Beats ecc.: e il principio che mi faceva stare
dalla loro parte era un principio rigorosamente democratico.
I capelloni diventarono abbastanza numerosi - come i primi cristiani: ma
continuavano a essere misteriosamente silenziosi; i loro capelli lunghi
erano il loro solo e vero linguaggio, e poco importava aggiungervi altro.
Il loro parlare coincideva col loro essere. L’ineffabilità era l’ars
retorica della loro protesta.
Cosa dicevano, col linguaggio inarticolato consistente nel segno monolitico
dei capelli, i capelloni nel ‘66-67?
Dicevano questo: «La civiltà consumistica ci ha nauseati.
Noi protestiamo in modo radicale. Creiamo un anticorpo a tale civiltà,
attraverso il rifiuto. Tutto pareva andare per il meglio, eh? La nostra
generazione doveva essere una generazione di integrati? Ed ecco invece
come si mettono in realtà le cose. Noi opponiamo la follia a un
destino di executives. Creiamo nuovi valori religiosi nell’entropia
borghese, proprio nel momento in cui stava diventando perfettamente laica
ed edonistica. Lo facciamo con un clamore e una violenza rivoluzionaria
(violenza di non-violenti!) perché la nostra critica verso la nostra
società è totale e intransigente».
Non credo che, se interrogati secondo il sistema tradizionale del linguaggio
verbale, essi sarebbero stati in grado di esprimere in modo cosi articolato
l’assunto dei loro capelli: fatto sta che era questo che essi in sostanza
esprimevano. Quanto a me, benché sospettassi fin da allora che il
loro «sistema di segni» fosse prodotto di una sottocultura
di protesta che si opponeva a una sottocultura di potere, e che la loro
rivoluzione non marxista fosse sospetta, continuai per un pezzo a essere
dalla loro parte, assumendoli almeno nell’elemento anarchico della mia
ideologia.
Il linguaggio di quei capelli, anche se ineffabilmente, esprimeva «cose»
di Sinistra. Magari della Nuova Sinistra, nata dentro l’universo
borghese (in una dialettica creata forse artificialmente da quella Mente
che regola, al di fuori della coscienza dei Poteri particolari e storici,
il destino della Borghesia).
Venne il 1968. I capelloni furono assorbiti dal Movimento Studentesco;
sventolarono con le bandiere rosse sulle barricate. Il loro linguaggio
esprimeva sempre più «cose» di Sinistra. (Che Guevara
era capellone ecc.)
Nel 1969 - con la strage di Milano, la Mafia, gli emissari dei colonnelli
greci, la complicità dei Ministri, la trama nera, i provocatori
- i capelloni si erano enormemente diffusi: benché non fossero ancora
numericamente la maggioranza, lo erano però per il peso ideologico
che essi avevano assunto. Ora i capelloni non erano più silenziosi:
non delegavano al sistema segnico dei loro capelli la loro intera capacità
comunicativa ed espressiva. Al contrario, la presenza fisica dei capelli
era, in certo modo, declassata a funzione distintiva. Era tornato in funzione
l’uso tradizionale del linguaggio verbale. E non dico verbale per puro
caso. Anzi, lo sottolineo. Si è parlato tanto dal ‘68 al ‘70, tanto,
che per un pezzo se ne potrà fare a meno: si è dato fondo
alla verbalità, e il verbalismo è stata la nuova ars retorica
della rivoluzione (gauchismo, malattia verbale del marxismo!).
Benché i capelli - riassorbiti nella furia verbale - non parlassero
più autonomamente ai destinatari frastornati, io trovai tuttavia
la forza di acuire le mie capacità decodificatrici, e, nel fracasso,
cercai di prestare ascolto al discorso silenzioso, evidentemente non interrotto,
di quei capelli sempre più lunghi.
Cosa dicevano, essi, ora? Dicevano: «Sì, è vero, diciamo
cose di Sinistra; il nostro senso - benché puramente fiancheggiatore
del senso dei messaggi verbali - è un senso di Sinistra... Ma...
Ma...».
II discorso dei capelli lunghi si fermava qui: lo dovevo integrare da solo.
Con quel «ma» essi volevano evidentemente dire due cose: 1)
«La nostra ineffabilità si rivela sempre più di tipo
irrazionalistico e pragmatico: la preaminenza che noi silenziosamente attribuiamo
all’azione è di carattere sottoculturale, e quindi sostanzialmente
di destra» 2) «Noi siamo stati adottati anche dai provocatori
fascisti, che si mescolano ai rivoluzionari verbali (Il verbalismo può
portare però anche all’azione, soprattutto quando la mitizza): e
costituiamo una maschera perfetta, non solo dal punto di vista fisico -
il nostro disordinato fluire e ondeggiare tende a omologare tutte le facce
- ma anche dal punto di vista culturale: infatti una sottocultura di Destra
può benissimo essere confusa con una sottocultura di Sinistra».
Insomma capii che il linguaggio dei capelli lunghi non esprimeva piú
«cose» di Sinistra, ma esprimeva qualcosa di equivoco, Destra-Sinistra,
che rendeva possibile la presenza dei provocatori.
Una diecina d’anni fa, pensavo, tra noi della generazione precedente, un
provocatore era quasi inconcepibile (se non a patto che fosse un grandissimo
attore): infatti la sua sottocultura si sarebbe distinta, anche fisicamente,
dalla nostra cultura. L’avremmo conosciuto dagli occhi, dal naso, dai
capelli! L’avremmo subito smascherato, e gli avremmo dato subito la
lezione che meritava. Ora questo non è più possibile. Nessuno
mai al mondo potrebbe distinguere dalla presenza fisica un rivoluzionario
da un provocatore. Destra e Sinistra si sono fisicamente fuse.
Siamo arrivati al 1972.
Ero, questo settembre, nella cittadina di Isfahan, nel cuore della Persia.
Paese sottosviluppato, come orrendamente si dice, ma, come altrettanto
orrendamente si dice, in píeno decollo.
Sull’Isfahan di una diecina di anni fa - una delle più belle città
del mondo, se non chissà, la più bella - è nata una
Isfahan nuova, moderna e bruttissima. Ma per le sue strade, al lavoro,
o a passeggio, verso sera, si vedono i ragazzi che si vedevano in Italia
una diecina di anni fa: figli dignitosi e umili, con le loro belle nuche,
le loro belle facce limpide sotto i fieri ciuffi innocenti. Ed ecco che
una sera, camminando per la strada principale, vidi, tra tutti quei ragazzi
antichi, bellissimi e pieni dell’antica dignità umana, due esseri
mostruosi: non erano proprio dei capelloni, ma i loro capelli erano tagliati
all’europea, lunghi di dietro, corti sulla fronte, resi stopposi dal tiraggio,
appiccicati artificialmente intorno al viso con due laidi ciuffetti sopra
le orecchie.
Che cosa dicevano questi loro capelli? Dicevano: «Noi non apparteniarno
al numero di questi morti di fame, di questi poveracci sottosviluppati,
rimasti indietro alle età barbariche Noi siamo impiegati di banca,
studenti, figli di gente arricchita che lavora nelle società petrolifere;
conosciamo l’Europa, abbiamo letto. Noi siamo dei borghesi: ed ecco qui
i nostri capelli lunghi che testimoniano la nostra modernità internazionale
di pri. vilegiati ».
Quei capelli lunghi alludevano dunque a «cose» di Destra.
Il ciclo si è compiuto. La sottocultura al potere ha assorbito la
sottocultura all’opposizione e l’ha fatta propria: con diabolica abilità
ne ha fatto pazientemente una moda, che, se non si pu proprio dire fascista
nel senso classico della parola, è però di una «estrema
destra» reale.
Concludo amaramente. Le maschere ripugnanti che i giovani si mettono sulla
faccia, rendendosi laidi come le vecchie puttane di una ingiusta iconografia,
ricreano oggettivamente sulle loro fisionomie ciò che essi solo
verbalmente hanno condannato per sempre. Sono saltate fuori le vecchie
facce da preti, da giudici, da ufficiali, da anarchici fasulli, da impiegati
buffoni, da Azzeccagarbugli, da Don Ferrante, da mercenani, da imbroglioni,
da benpensanti teppisti. Cioè la condanna radicale e indiscriminata
che essi hanno pronunciato contro i loro padri - che sono la storia in
evoluzione e la cultura precedente - alzando contro di essi una barriera
insormontabile, ha finito con l’isolarli, impedendo loro, coi loro padri,
un rapporto dialettico. Ora, solo attraverso tale rapporto dialettico -
sia pur drammatico ed estremizzato - essi avrebbero potuto avere reale
coscienza storica di sé, e andare avanti, «superare»
i padri. Invece l’isolamento in cui si sono chiusi - come in un mondo a
parte, in un ghetto riservato alla gioventù - li ha tenuti fermi
alla loro insopprimibile realtà storica: e ciò ha implicato
- fatalmente - un regresso. Essi sono in realtà andati più
indietro dei loro padri, risuscitando nella loro anima terrori e conformismi,
e, nel loro aspetto fisico, convenzionalità e miserie che parevano
superate per sempre.
Ora così i capelli lunghi dicono, nel loro inarticolato e ossesso
linguaggio di segni non verbali, nella loro teppistica iconicità,
le «cose» della televisione o delle réclames
dei prodotti, dove è ormai assolutamente inconcepibile prevedere
un giovane che non abbia i capelli lunghi: fatto che, oggi, sarebbe scandaloso
per il potere.
Provo un immenso e sincero dispiacere nel dirlo (anzi, una vera e propria
disperazione): ma ormai migliaia e centinaia di migliaia di facce di giovani
italiani, assomigliano sempre più alla faccia di Merlino. La loro
libertà di portare i capelli come vogliono, non è più
difendibile, perché non è più libertà. È
giunto il momento, piuttosto, di dire ai giovani che il loro modo di acconciarsi
è orribile, perché servile e volgare. Anzi, è giunto
il momento che essi stessi se ne accorgano, e si liberino da questa loro
ansia colpevole di attenersi all’ordine degradante dell’orda.
* Nel
“Corriere della Sera” col titolo “Contro i capelli lunghi”.
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