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7 de enero de 1973.
El «tema» de las melenas *

7 gennaio 1973.
Il «discorso» dei capelli *
Scritti corsari, Garzanti, Milano 1975
[ora in Saggi sulla politica e sulla società, Meridiani Mondadori, Milano 1999]
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7 de enero de 1973. El «tema» de las melenas *
La primera vez que vi melenudos fue en Praga. En el vestíbulo del hotel en donde me alojaba entraron dos jóvenes extranjeros con melenas que les llegaban hasta los hombros. Atravesaron el vestíbulo, llegaron hasta un rincón algo apartado y se sentaron junto a una mesa. Permanecieron allí durante una media hora, observados por los clientes, entre los que estaba yo; luego se marcharon. Ni mientras pasaron a través de la gente aglomerada en el vestíbulo, ni mientras estuvieron sentados en su rincón apartado, ninguno de los dos pronunció palabra (quizá -no lo recuerdo- murmuraron algo entre ellos; aunque, supongo, algo concretamente práctico, inexpresivo). 
     En realidad, en aquella especial situación -que era del todo pública, o social, y, casi diría, oficial- no tenían ninguna necesidad de hablar. Su silencio era rigurosamente funcional. Y sencillamente lo era porque la palabra era superflua. En realidad, ellos empleaban para comunicarse con los presentes, con los observadores -con sus hermanos de aquel momento- otro lenguaje del formado por las palabras. 
     Lo que remplazaba al tradicional lenguaje verbal, haciéndolo superfluo -y encontrando además inmediata ubicación en el amplio dominio de los «signos»; es decir, en el ámbito de la semiología- era el lenguaje de sus melenas
     Se trataba de un único signo -precisamente el cabello largo que les llegaba a los hombros- en el que se hallaban concentrados todos los posibles signos de un lenguaje articulado. ¿Cuál era el sentido de su mensaje silencioso y exclusivamente físico? 
     Era éste: «Somos dos melenudos. Pertenecemos a una nueva clase humana que está apareciendo en el mundo en estos días, que tiene su centro en América y que es desconocida en provincias (como por ejemplo -y sobre todo- aquí en Praga). Para vosotros somos, pues una aparición. Practicamos nuestro apostolado, plenos ya de un saber que nos colma y nos absorbe totalmente. No tenemos nada que añadir oral y racionalmente a lo que físicamente y ontológicamente dice nuestro pelo. La sabiduría que nos llena, en parte a través de nuestro apostolado, también os llegará un día a vosotros. De momento es una novedad, una gran novedad, que crea en el mundo, junto al escándalo, una esperanza: que no será traicionada. Hacen bien los burgueses en mirarnos con odio y terror, porque la base en que se asienta la longitud de nuestro pelo les crea una total contestación. Pero que no nos tomen por gente mal educada y salvaje: somos muy conscientes de nuestra responsabilidad. No los estamos mirando» vamos a lo nuestro. Hagan lo mismo y esperen los acontecimientos.» 
     Yo fui destinatario de esta comunicación, y también pude descifrarla en seguida: aquel lenguaje carente de léxico, de gramática y de sintaxis podía ser aprendido inmediatamente, y quizá también porque, entre otras cosas, desde el aspecto semiológico, no era más que una forma de aquel “lenguaje de la presencia física” que los hombres han sabido emplear desde siempre. 
     Comprendí, y sentí una inmediata antipatía hacia los dos. 
     Después tuve que tragarme la antipatía y defender a los melenudos de los ataques de la policía y de los fascistas: estuve naturalmente, por principio, de parte del Living Theatre, de los beats, etc., y el principio que me hacía sentir de su parte era un principio rigurosamente democrático. 
     Los melenudos se volvieron bastante numerosos —como los primeros cristianos—, pero seguían siendo misteriosamente silenciosos; sus cabellos largos eran su único y verdadero lenguaje, y poco importaba añadir otro cualquiera. Su habla coincidía con su ser. La inefabilidad era la ars retorica de su protesta. 

     ¿Qué decían, con su lenguaje inarticulado consistente en el signo monolítico del cabello, los melenudos en 1966 y 1967? 
     Decían esto: «La civilización de consumo nos da asco. Protestamos de forma radical. Creamos un anticuerpo a dicha civilización, a través del rechazo. Parecía que todo marchaba bien, ¿eh? ¿Nuestra generación tenía que ser una generación de integrados? Pues esto es lo que pasa en realidad. Oponemos la locura a un destino de “ejecutivos”. Creamos nuevos valores religiosos en la entropía burguesa, precisamente en el momento en que se está volviendo perfectamente laica y hedonista. Lo hacemos con un clamor y una violencia revolucionaria (¡la violencia de los no violentos!) porque nuestra crítica a nuestra sociedad es total e intransigente.» 
     Creo que si hubieran sido interrogados según el sistema tradicional del lenguaje verbal no hubieran podido expresar de forma tan articulada el compromiso de sus melenas: aunque venía a ser eso lo que sustancialmente expresaban. En cuanto a mí, aunque ya desde entonces sospechaba que su «sistema de signos» era producto de una subcultura de protesta que se oponía a una subcultura de poder, y que su revolución no marxista era sospechosa, continué por un tiempo estando de su parte, asumiéndolos al menos en el elemento anárquico de mi ideología. 
     El lenguaje de aquellos cabellos, aunque inefablemente, expresaba «cosas» de izquierda. Quizá de la nueva izquierda, nacida dentro del universo burgués (en una dialéctica creada a lo mejor artificialmente por aquella mente que regula, más allá de la conciencia de los poderes especiales e históricos, el destino de la burguesía). 
     Llegó 1968. Los melenudos fueron absorbidos por el movimiento estudiantil; ondearon las banderas rojas en las barricadas. Su lenguaje cada vez expresaba más «cosas» de izquierda. (Che Guevara era melenudo, etc.) 
     En 1969 -con la tragedia de Milán, la Mafia, los emisarios de los coroneles griegos, la complicidad de los ministros, la trama negra, los provocadores- los melenudos se habían difundido extraordinariamente; aunque aún no fueran la mayoría numérica, lo eran sin embargo por el peso ideológico que habían adquirido. Entonces, los melenudos ya no eran silenciosos: no delegaban al sistema de signos de su cabello su completa capacidad comunicativa y expresiva. Al contrario, la presencia física de las melenas se había, en cierto modo, degradado a una función distintiva. Había vuelto la utilización tradicional del lenguaje verbal. Y no digo verbal casualmente. No, lo subrayo. Se ha hablado tanto de 1968 a 1970 que durante un tiempo podrá dejar de hacerse: se ha dado importancia a la palabrería, y el verbalismo ha sido la nueva ars retorica de la revolución (gauchismo, ¡enfermedad verbal del marxismo!). 
     Aunque las melenas —reabsorbidas en la furia verbal— ya no hablaran autónomamente a los destinatarios trastornados, aún encontré fuerzas para agudizar mis capacidades de descodificación, y, en medio del barullo, intenté prestar atención al discurso silencioso, evidentemente no interrumpido, de aquellas melenas cada vez más largas. 
     ¿Qué decían ahora? Decían: «Sí, es verdad, decimos cosas de izquierdas; nuestro sentido —aunque puramente acompañante del sentido de los mensajes verbales— es un sentido de izquierdas... Pero... Pero... » 
     La comunicación de las melenas se paraba ahí: tenía que integrarlo yo solo. Con aquel «pero» evidentemente querían decir dos cosas: 
     1) «Nuestra inefabilidad se revela cada vez más de tipo irracional y pragmático: la preferencia que silenciosamente atribuimos a la acción es de carácter subcultural, y por tanto esencialmente de derechas.» 
     2) « Nos han adoptado también los provocadores fascistas, que se mezclan con los revolucionarios verbales (el verbalismo puede llevar también a la acción, sobre todo cuando la mitifica): y constituimos una máscara perfecta, no sólo desde el punto de vista físico —nuestro desordenado fluir y ondear tiende a homologar todas las caras— sino también desde el punto de vista cultural; en realidad una subcultura de derechas puede confundirse perfectamente con una subcultura de izquierdas.» 

     Por fin comprendí que el lenguaje de las melenas ya no expresaba «cosas» de izquierdas, sino que expresaba algo equívoco, derecha-izquierda, lo que hacía posible la presencia de los provocadores. 
     Hace unos diez años pensaba que entre nosotros, los de la generación anterior, un provocador era casi inconcebible (a no ser que se tratara de un depurado actor): su subcultura se habría distinguido, incluso físicamente, de nuestra cultura. ¡Lo habríamos reconocido por los ojos, la nariz, y el pelo! En seguida lo habríamos desenmascarado, e inmediatamente le habríamos dado la lección que se merecía. Ahora ya no es posible, nadie podría distinguir, por la presencia física, a un revolucionario de un provocador. Derecha e izquierda se han fundido físicamente. 
     Llegamos a 1972. 
     Estaba, en septiembre, en la pequeña ciudad de Isfahan, en el corazón de Persia. País subdesarrollado, como horrorosamente se dice, pero, como también horrorosamente se dice, en pleno despegue hacia el desarrollo. 
     Sobre la Isfahan de hace unos diez años —una de las más bellas ciudades del mundo, si no la más bella— ha nacido una nueva Isfahan, moderna y feísima. Pero por sus calles, en el trabajo, o de paseo, al atardecer, se ven muchachos como se veían en Italia hace unos diez años: hijos dignos y humildes, con hermosas nucas, bellas caras limpias bajo atrevidos mechones inocentes. Y, de repente, una noche, caminando por la calle principal, vi, entre todos aquellos chicos antiguos, bellísimos y llenos de la antigua dignidad humana, dos seres monstruosos: no eran precisamente melenudos, pero su cabello estaba cortado a la europea, largo por detrás, corto en la frente, estoposo por los tirones, pegado artificialmente alrededor de la cara con dos escuálidos mechones sobre las orejas. 
     ¿Qué decía su pelo? Decía: «¡Nosotros no pertenecemos al número de estos muertos de hambre, de estos pobretones subdesarrollados, que se han quedado atrás en la edad bárbara! Nosotros somos empleados de banca, estudiantes, hijos de gente rica que trabaja en las sociedades petrolíferas; conocemos Europa, hemos leído. ¡Somos burgueses, y nuestro largo cabello testimonia nuestra modernidad internacional de privilegiados! » 
     Aquellos pelos largos aludían, pues, a «cosas» de derechas. 
     El ciclo se ha cumplido. La subcultura en el poder ha absorbido la subcultura de la oposición y se la ha apropiado: con diabólica habilidad la ha convertido pacientemente en una moda, que, aunque no se pueda llamar precisamente fascista en el sentido clásico de la palabra, es sin embargo de una «extrema derecha» real. 

     Concluyo amargamente. Las máscaras repugnantes que los jóvenes se ponen en la cara, afeándose como viejas putas de una injusta iconografía, crean objetivamente en sus fisonomías lo que ellos verbalmente han condenado para siempre. Han vuelto a salir las viejas caras de curas, de jueces, de oficiales, de falsos anarquistas, de empleados bufones, de leguleyos, mercenarios, de enredones, de gamberros conformistas. Es decir, la condena radical e indiscriminada que han pronunciado contra sus padres —que son la historia en evolución y la cultura precedente— levantando contra ellos una barrera infranqueable, ha acabado por aislarlos, impidiéndoles una relación dialéctica con sus padres. Y sólo a través de dicha relación dialéctica —aunque dramática y extrema— es como habrían podido tomar verdadera conciencia histórica de sí mismos y seguir adelante, «superar» a sus padres. Por el contrario, el aislamiento en el que se han encerrado —como en un mundo aparte, en un gueto reservado a la juventud— los ha retenido en su insuprimible realidad histórica, lo que, fatalmente, ha implicado una regresión. En realidad, han vuelto más atrás que sus padres, resucitando en su espíritu terrores y conformismos, y, en su aspecto físico, convencionalismos y miserias que parecían haber sido superados para siempre. 
     De modo que ahora el cabello largo expresa, en su inarticulado y obseso lenguaje de signos no verbales, en su gamberra iconografía, las «cosas» de la televisión o de los «anuncios» de los productos, donde ya resulta totalmente inconcebible un joven sin el pelo largo: hecho que, hoy, sería escandaloso para el poder. 
     Siento un inmenso y sincero disgusto al decirlo (más bien una auténtica desesperación), pero el hecho es que centenares y millares de caras de jóvenes italianos se parecen cada vez más a Merlín. Su libertad de llevar el pelo como quieran ya no es defendible porque ya no es libertad. Ha llegado el momento de decir a los jóvenes que su forma de arreglarse es horrorosa, por ser servil y vulgar. Ha llegado el momento de que ellos mismos se den cuenta y se liberen de su ansia culpable de seguir las órdenes degradantes de la horda. 

* En el Corriere della sera bajo el titulo “Contra el pelo largo”. 


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7 gennaio 1973. Il «discorso» dei capelli *
La prima volta che ho visto i capelloni, è stato a Praga. Nella hall dell’albergo dove alloggiavo sono entrati due giovani stranieri, con i capelli lunghi fino alle spalle. Sono passati attraverso la hall, hanno raggiunto un angolo un po’ appartato e si sono seduti a un tavolo. Sono rimasti lì seduti per una mezzoretta, osservati dai clienti, tra cui io; poi se ne sono andati. Sia passando attraverso la gente ammassata nella hall, sia stando seduti nel loro angolo appartato, i due non hanno detto parola (forse - benché non lo ricordi - si sono bisbigliati qualcosa tra loro: ma, suppongo, qualcosa di strettamente pratico, inespressivo). 
     Essi, infatti, in quella particolare situazione - che era del tutto pubblica, o sociale, e, starei per dire, ufficiale - non avevano affatto bisogno di parlare. Il loro silenzio era rigorosamente funzionale. E lo era semplicemente, perché la parola era superflua. I due, infatti, usavano per comunicare con gli astanti, con gli osservatori - coi loro fratelli di quel momento - un altro linguaggio che quello formato da parole. 
     Ciò che sostituiva il tradizionale linguaggio verbale, rendendolo superfluo - e trovando del resto immediata collocazione nell’ampio dominio dei «segni», nell’ambito ciò della semiologia - era il linguaggio dei loro capelli
     Si trattava di un unico segno - appunto la lunghezza dei loro capelli cadenti sulle spalle - in cui erano concentrati tutti i possibili segni di un linguaggio articolato Qual era il senso del loro messaggio silenzioso ed esclusivamente fisico? 
     Era questo: «Noi siamo due Capelloni. Apparteniamo a una nuova categoria umana che sta facendo la comparsa nel mondo in questi giorni, che ha il suo centro in America e che, in provincia (come per esempio anzi, soprattutto - qui a Praga) è ignorata. Noi siamo dunque per voi una Apparizione. Esercitiamo il nostro apostolato, già pieni di un sapere che ci colma e ci esaurisce totalmente. Non abbiamo nulla da aggiungere oralmente e razionalmente a ciò che fisicamente e ontologicamente dicono i nostri capelli. Il sapere che ci riempie, anche per tramite del nostro apostolato, apparterrà un giorno anche a voi. Per ora è una Novità, una grande Novità, che crea nel mondo, con lo scandalo, un’attesa: la quale non verrà tradita. I borghesi fanno bene a guardarci con odio e terrore, perché ciò in cui consiste la lunghezza dei nostri capelli li contesta in assoluto. Ma non ci prendano per della gente maleducata e selvaggia: noi siamo ben consapevoli della nostra responsabilità. Noi non vi guardiamo, stiamo sulle nostre. Fate così anche voi, e attendete gli Eventi». 
     Io fui destinatario di questa comunicazione, e fui anche subito in grado di decifrarla: quel linguaggio privo di lessico, di grammatica e di sintassi, poteva essere appreso immediatamente, anche perché, semiologicamente parlando, altro non era che una forma di quel «linguaggio della presenza fisica» che da sempre gli uomini sono in grado di usare. 
     Capii, e provai una immediata antipatia per quei due. 
     Poi dovetti rimangiarmi l’antipatia, e difendere i capelloni dagli attacchi della polizia e dei fascisti: fui naturalmente, per principio, dalla parte del Living Theatre, dei Beats ecc.: e il principio che mi faceva stare dalla loro parte era un principio rigorosamente democratico. 
     I capelloni diventarono abbastanza numerosi - come i primi cristiani: ma continuavano a essere misteriosamente silenziosi; i loro capelli lunghi erano il loro solo e vero linguaggio, e poco importava aggiungervi altro. Il loro parlare coincideva col loro essere. L’ineffabilità era l’ars retorica della loro protesta. 

     Cosa dicevano, col linguaggio inarticolato consistente nel segno monolitico dei capelli, i capelloni nel ‘66-67? 
     Dicevano questo: «La civiltà consumistica ci ha nauseati. Noi protestiamo in modo radicale. Creiamo un anticorpo a tale civiltà, attraverso il rifiuto. Tutto pareva andare per il meglio, eh? La nostra generazione doveva essere una generazione di integrati? Ed ecco invece come si mettono in realtà le cose. Noi opponiamo la follia a un destino di executives. Creiamo nuovi valori religiosi nell’entropia borghese, proprio nel momento in cui stava diventando perfettamente laica ed edonistica. Lo facciamo con un clamore e una violenza rivoluzionaria (violenza di non-violenti!) perché la nostra critica verso la nostra società è totale e intransigente». 
     Non credo che, se interrogati secondo il sistema tradizionale del linguaggio verbale, essi sarebbero stati in grado di esprimere in modo cosi articolato l’assunto dei loro capelli: fatto sta che era questo che essi in sostanza esprimevano. Quanto a me, benché sospettassi fin da allora che il loro «sistema di segni» fosse prodotto di una sottocultura di protesta che si opponeva a una sottocultura di potere, e che la loro rivoluzione non marxista fosse sospetta, continuai per un pezzo a essere dalla loro parte, assumendoli almeno nell’elemento anarchico della mia ideologia. 
     Il linguaggio di quei capelli, anche se ineffabilmente, esprimeva «cose» di Sinistra. Magari della Nuova Sinistra, nata dentro l’universo borghese (in una dialettica creata forse artificialmente da quella Mente che regola, al di fuori della coscienza dei Poteri particolari e storici, il destino della Borghesia). 
     Venne il 1968. I capelloni furono assorbiti dal Movimento Studentesco; sventolarono con le bandiere rosse sulle barricate. Il loro linguaggio esprimeva sempre più «cose» di Sinistra. (Che Guevara era capellone ecc.) 
     Nel 1969 - con la strage di Milano, la Mafia, gli emissari dei colonnelli greci, la complicità dei Ministri, la trama nera, i provocatori - i capelloni si erano enormemente diffusi: benché non fossero ancora numericamente la maggioranza, lo erano però per il peso ideologico che essi avevano assunto. Ora i capelloni non erano più silenziosi: non delegavano al sistema segnico dei loro capelli la loro intera capacità comunicativa ed espressiva. Al contrario, la presenza fisica dei capelli era, in certo modo, declassata a funzione distintiva. Era tornato in funzione l’uso tradizionale del linguaggio verbale. E non dico verbale per puro caso. Anzi, lo sottolineo. Si è parlato tanto dal ‘68 al ‘70, tanto, che per un pezzo se ne potrà fare a meno: si è dato fondo alla verbalità, e il verbalismo è stata la nuova ars retorica della rivoluzione (gauchismo, malattia verbale del marxismo!). 
     Benché i capelli - riassorbiti nella furia verbale - non parlassero più autonomamente ai destinatari frastornati, io trovai tuttavia la forza di acuire le mie capacità decodificatrici, e, nel fracasso, cercai di prestare ascolto al discorso silenzioso, evidentemente non interrotto, di quei capelli sempre più lunghi. 
     Cosa dicevano, essi, ora? Dicevano: «Sì, è vero, diciamo cose di Sinistra; il nostro senso - benché puramente fiancheggiatore del senso dei messaggi verbali - è un senso di Sinistra... Ma... Ma...». 
     II discorso dei capelli lunghi si fermava qui: lo dovevo integrare da solo. Con quel «ma» essi volevano evidentemente dire due cose: 1) «La nostra ineffabilità si rivela sempre più di tipo irrazionalistico e pragmatico: la preaminenza che noi silenziosamente attribuiamo all’azione è di carattere sottoculturale, e quindi sostanzialmente di destra» 2) «Noi siamo stati adottati anche dai provocatori fascisti, che si mescolano ai rivoluzionari verbali (Il verbalismo può portare però anche all’azione, soprattutto quando la mitizza): e costituiamo una maschera perfetta, non solo dal punto di vista fisico - il nostro disordinato fluire e ondeggiare tende a omologare tutte le facce - ma anche dal punto di vista culturale: infatti una sottocultura di Destra può benissimo essere confusa con una sottocultura di Sinistra». 

     Insomma capii che il linguaggio dei capelli lunghi non esprimeva piú «cose» di Sinistra, ma esprimeva qualcosa di equivoco, Destra-Sinistra, che rendeva possibile la presenza dei provocatori. 
     Una diecina d’anni fa, pensavo, tra noi della generazione precedente, un provocatore era quasi inconcepibile (se non a patto che fosse un grandissimo attore): infatti la sua sottocultura si sarebbe distinta, anche fisicamente, dalla nostra cultura. L’avremmo conosciuto dagli occhi, dal naso, dai capelli! L’avremmo subito smascherato, e gli avremmo dato subito la lezione che meritava. Ora questo non è più possibile. Nessuno mai al mondo potrebbe distinguere dalla presenza fisica un rivoluzionario da un provocatore. Destra e Sinistra si sono fisicamente fuse. 
     Siamo arrivati al 1972. 
     Ero, questo settembre, nella cittadina di Isfahan, nel cuore della Persia. Paese sottosviluppato, come orrendamente si dice, ma, come altrettanto orrendamente si dice, in píeno decollo. 
     Sull’Isfahan di una diecina di anni fa - una delle più belle città del mondo, se non chissà, la più bella - è nata una Isfahan nuova, moderna e bruttissima. Ma per le sue strade, al lavoro, o a passeggio, verso sera, si vedono i ragazzi che si vedevano in Italia una diecina di anni fa: figli dignitosi e umili, con le loro belle nuche, le loro belle facce limpide sotto i fieri ciuffi innocenti. Ed ecco che una sera, camminando per la strada principale, vidi, tra tutti quei ragazzi antichi, bellissimi e pieni dell’antica dignità umana, due esseri mostruosi: non erano proprio dei capelloni, ma i loro capelli erano tagliati all’europea, lunghi di dietro, corti sulla fronte, resi stopposi dal tiraggio, appiccicati artificialmente intorno al viso con due laidi ciuffetti sopra le orecchie. 
     Che cosa dicevano questi loro capelli? Dicevano: «Noi non apparteniarno al numero di questi morti di fame, di questi poveracci sottosviluppati, rimasti indietro alle età barbariche Noi siamo impiegati di banca, studenti, figli di gente arricchita che lavora nelle società petrolifere; conosciamo l’Europa, abbiamo letto. Noi siamo dei borghesi: ed ecco qui i nostri capelli lunghi che testimoniano la nostra modernità internazionale di pri. vilegiati ». 
     Quei capelli lunghi alludevano dunque a «cose» di Destra. 
     Il ciclo si è compiuto. La sottocultura al potere ha assorbito la sottocultura all’opposizione e l’ha fatta propria: con diabolica abilità ne ha fatto pazientemente una moda, che, se non si pu proprio dire fascista nel senso classico della parola, è però di una «estrema destra» reale. 

     Concludo amaramente. Le maschere ripugnanti che i giovani si mettono sulla faccia, rendendosi laidi come le vecchie puttane di una ingiusta iconografia, ricreano oggettivamente sulle loro fisionomie ciò che essi solo verbalmente hanno condannato per sempre. Sono saltate fuori le vecchie facce da preti, da giudici, da ufficiali, da anarchici fasulli, da impiegati buffoni, da Azzeccagarbugli, da Don Ferrante, da mercenani, da imbroglioni, da benpensanti teppisti. Cioè la condanna radicale e indiscriminata che essi hanno pronunciato contro i loro padri - che sono la storia in evoluzione e la cultura precedente - alzando contro di essi una barriera insormontabile, ha finito con l’isolarli, impedendo loro, coi loro padri, un rapporto dialettico. Ora, solo attraverso tale rapporto dialettico - sia pur drammatico ed estremizzato - essi avrebbero potuto avere reale coscienza storica di sé, e andare avanti, «superare» i padri. Invece l’isolamento in cui si sono chiusi - come in un mondo a parte, in un ghetto riservato alla gioventù - li ha tenuti fermi alla loro insopprimibile realtà storica: e ciò ha implicato - fatalmente - un regresso. Essi sono in realtà andati più indietro dei loro padri, risuscitando nella loro anima terrori e conformismi, e, nel loro aspetto fisico, convenzionalità e miserie che parevano superate per sempre. 
     Ora così i capelli lunghi dicono, nel loro inarticolato e ossesso linguaggio di segni non verbali, nella loro teppistica iconicità, le «cose» della televisione o delle réclames dei prodotti, dove è ormai assolutamente inconcepibile prevedere un giovane che non abbia i capelli lunghi: fatto che, oggi, sarebbe scandaloso per il potere. 
     Provo un immenso e sincero dispiacere nel dirlo (anzi, una vera e propria disperazione): ma ormai migliaia e centinaia di migliaia di facce di giovani italiani, assomigliano sempre più alla faccia di Merlino. La loro libertà di portare i capelli come vogliono, non è più difendibile, perché non è più libertà. È giunto il momento, piuttosto, di dire ai giovani che il loro modo di acconciarsi è orribile, perché servile e volgare. Anzi, è giunto il momento che essi stessi se ne accorgano, e si liberino da questa loro ansia colpevole di attenersi all’ordine degradante dell’orda. 

* Nel “Corriere della Sera” col titolo “Contro i capelli lunghi”.

 

Pier Paolo Pasolini. Palabra de corsario - Madrid 2005

Madrid 2005: Exposición - Ensayos: Indice - Pagine corsare: Sumario