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Prólogo del
entrevistado (de obligada lectura)
Como tendrá
oportunidad de comprobar el lector de esta larga entrevista, yo soy de
los que no sólo no aman, sino que en verdad detestan ser entrevistados
(no es que me niegue, como debería hacer, a conceder entrevistas,
pero si lo hago es sólo por debilidad, porque no sé decir
que no, porque creo que quizá sea útil, o porque creo que
quizá sea útil al entrevistador, etc.).
Detesto las entrevistas por dos razones:
1) El sujeto que alcanza la prerrogativa de ser entrevistado deja de ser
un hombre normal: es un disociado, objetiva y subjetivamente, y, hablando
con propiedad, un esquizoide. Es ridículo, objetiva y subjetivamente.
No se entrevista -si no es para uso televisivo, muy vulgar- al primero
que pasa por la calle, que es una persona dignísima. Un hombre “de
éxito” pierde gran parte de su dignidad. La figura “pública”
que se superpone a su figura privada necesita de unos cuidados muy particulares,
que son siempre degradantes.
Ahora bien, yo he intentado siempre ignorar que soy también
una figura “pública”, con sus deberes. Me he comportado siempre
de la peor manera posible, es decir, como he querido. Pero ha sido más
fuerte que yo: una especie de horrenda autoridad, o de prestigio (…), se
ha adueñado de mi vida. Y me doy cuenta de ello, con disgusto, sobre
todo cuando me entrevistan, es decir, cuando me interrogan como a una pitonisa;
y no sin un profundo desprecio, quizá inconsciente, por parte de
quien me entrevista. En esta relación entre el entrevistador y yo
ocurre algo monstruosos: las opiniones que expongo, que son opiniones como
cualesquiera otras, se sitúan apriorística y artificialmente
en un plano más elevado, se convierten en muestras, y se
colocan como elementos frontales de un mapa hagiográfico u holográfico
que incluye a todas las personas “de éxito”, incluso a las más
inocentes y apartadas. Hay que añadir también que cada uno
de nosotros vive en un pequeño campo de concentración cuyos
instrumentos de tortura cotidiana son las relaciones (…) y, para quienes
somos personajes públicos, las relaciones públicas con los
demás (yo he sido tildado de “pecador público”). Además,
no hay nada más miserable que los asuntos propios. La entrevista
arroja una luz atroz sobre estas miserias, que el entrevistado intenta
esconder desesperadamente; o bien, en un momento de debilidad, las hace
de dominio público. En cualquier caso, sufre por ello, miserablemente
frustrado. Doy un pequeño ejemplo: en Italia todo el mundo se pronuncia
ahora con indignación contra el código penal fascista; todos
ven en él el instrumento de la represión, etc., etc.; no
hay día en que la prensa no hable de ello. Pues bien, por haberlo
sufrido personalmente, desde hace unos quince años no he perdido
ocasión de atacar el código Rocco, sin que nadie me hiciera
el más mínimo caso o consiguiendo como mucho que me miraran
con benevolente conmiseración, como a Casandra.. Ahora, claro, me
siento, cómo diría yo, frustrado por el hecho de que no sólo
nadie lo reconozca, sino que ni siquiera se acuerde de ello. ¿Cómo
puedo hablar ahora en una entrevista del código fascista que rige
en Italia si tengo que reprimir semejante sentimiento (tan personal y poco
digno) de “profeta desoído”? Sólo un santo podría
aguantar una entrevista, pero a los santos no se les entrevista, sobre
todo porque no se dejan.
2) La entrevista es, semiológicamente, un sistema de signos mixto:
comprende los signos lingüísticos orales y los signos
icónicos
de la presencia física y de la gestualidad. Conozco estudios de
semiólogos estadounidenses que han intentado dar una unidad representativa,
en laboratorio, a este sistema de signos mixto, realizando previamente
un concienzudo trabajo de campo (año, mes, lugar: pongamos
el 2 de marzo de 1970 en el autobús que va de una punta a otra de
Queen; un diálogo entre madre e hija: “Mamita, ¿me compras
un helado?”. “Después, cuando bajemos, Patty”. La niña, al
hablar, hace una mohín frotándose el moflete de arriba abajo
tres veces -cinco segundos cada vez- sobre la cadera de su madre, quien,
a su vez, mientras le contesta extrae el neceser del bolso y se mira al
espejo). El sistema mixto fónico-gestual forma un conjunto coherente,
que no se puede examinar de manera parcial: no se puede separar la palabra
“helado” del gesto del moflete frotándose durante cinco segundos
sobre el abrigo de piel barato de la madre en el autobús. El fonema
sin el gesto es un semantema distinto. Ahora bien, las entrevistas acaban
reduciendo el sistema mixto fónico-gestual a un sistema único
de signos escritos. Que conste que yo no soy napolitano y mi mímica
es exigua. Sin embargo, tengo un cuerpo, y ojos: una corporeidad muy expresiva
aunque no lo quiera. Nada de esto se refleja en la entrevista, grabada
primero (o sea, amputada de su parte gestual) y después escrita
(o sea, amputada de su parte gestual y de su parte fonética; Jakobson
hizo pronunciar cuarenta o sesenta veces a un actor la locución
“buenas tardes” con cuarenta o sesenta sentidos distintos).
En definitiva: he mantenido con el señor Duflot una lucha a cuchillo,
o mejor dicho, a sacacorchos: él pretendía hacerme decir
algunas cosas que yo no quería decir. Y dado que él no ha
querido resignarse enseguida, toda la entrevista se ha convertido en una
sucesión de tentativas abortadas de volver a los asuntos que no
se iban a tratar en ningún caso. Hay cosas que sólo se pueden
vivir. Y si se dicen, se dicen en versos.
Al corregir las galeradas de esta entrevista, he añadido algunas
leyendas entre corchetes: son esquemáticas invitaciones al lector
para que piense en la mímica y en la inflexión de la voz,
o por lo menos para que no olvide que se le está privando de esos
dos elementos (y tenga también constancia de mi buena voluntad).
Pier Paolo
Pasolini
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Prefazione dell’intervistato
(da leggersi assolutamente)
Come il lettore
di questa lunga intervista avrà modo di accorgersi, io sono uno
di quelli che non amano, anzi, per dir meglio, detestano di essere intervistati
(non mi rifiuto come dovrei di « concedere » interviste : ma
per pura debolezza, perché non so dir di no, perché penso
che forse è utile, perché penso sia utile all’intervistatore
ecc…).
Detesto le interviste per due ragioni:
1) Chi arriva a essere intervistato non è più un uomo normale:
egli è un dissociato, oggettivamente e soggettivamente, e propriamente
parlando, schizoide. Egli è ridicolo, oggettivamente e soggettivamente.
Non si intervista - se non a usi televisivi, molto volgari - il primo che
passi per la strada, che è una persona degnissima. Un uomo “arrivato”
perde molto della sua dignità. La figura “pubblica” che si sovrappone
alla sua figura privata, richiede delle cure particolari, che sono sempre
degradanti.
Ora io ho sempre cercato di ignorare di essere anche una figura
“pubblica”, coi suoi doveri. Mi sono comportato sempre il più
male possibile, cioè come io volevo. È stato più forte
di me: una specie di orrenda autorità, o prestigio sia pure <>,
si è impadronita della mia vita: e me ne accorgo, con disgusto,
soprattutto quando sono intervistato: cioè interrogato come una
pitonessa; non senza un profondo disprezzo, forse inconscio, da parte di
chi mi intervista. In questo rapporto orale tra me e l’intervistatore succede
qualcosa di mostruoso: cioè le opinioni che io esprimo, che sono
opinioni come altre, si pongono aprioristicamente e artificialmente su
un piano più elevato, diventano “campioni”, ponendosi come elementi
frontali di una carta agiografica o di una carta oleografica, che comprende
tutti gli “arrivati” anche i più innocenti e appartati. C’è
poi anche da dire che ognuno di noi vive in un piccolo campo di concentramento,
i cui strumenti di tortura quotidiana sono i rapporti <>, per quanto
riguarda le persone pubbliche, il rapporto pubblico con gli altri (io sono
statu dichiarato “pubblico peccatore”). Ora non c’è niente di più
misero che le proprie faccende. L’intervista getta una luce atroce queste
miserie, che l’intrevistato cerca disperatamente di nascondere, o che,
in ogni caso, ne soffre, miserabilemente frustrato. Dò un piccolo
esempio: oggi in Italia tutti parlano indignati contro il codice penale
fascista, ne vedono il principale strumento della repressione ecc. ecc;
non c’è giorno in cui nei giornali non se parli ecc. Ebbene (per
sgradevoli esperienze personali) da una quindicina d’anni non perdo occasione
di scagliarmi contro il codice Rocco - sempre inascoltato - o guardato
con benevola commiserazione - come Cassandra. Ebbene, ora mi sento,
come dire, frustrato dal fatto che nessuno non solo riconosca questo, ma
che nemmeno lo ricordi. Come potrei dignitosamente parlare oggi in un’intervista
del codice fascista che vige in Italia, se dentro di me devo reprimere
un tale (così personale e poco dignitoso) sentimento di “profeta
inascoltato”? Solo un santo potrebbe resistere a un’intervista: ma i santi
non vengono intervistati o non vogliono esserlo.
2) L’intervista è semiologicamente un sistema di segni misto: comprendere
segni linguistici orali e i segni iconici della presenza
fisica e della mimica. Conosco studi di semiologi americani che hanno tentato
di dare unità rappresentativa, in laboratorio, a tale sistema di
segni misto: e coscienziosamente lavorando nel “campo” (anno, mese, luogo:
mettiamo 2 marzo 1970 nel bus che porta da una strada all’altra di Queen;
un dialogo tra madre e figlia “Mammina, me lo compri un gelato?”. “Dopo,
quando scendiamo, Patty”; la bambina parlando fa una smorfia sfregando
su e giù la guancia per tre volte (ogni volta 5 brevi secondi) contro
il fianco della madre, la quale a sua volta, rispondendo, estrae il nécessaire
dalla borsetta e si guarda nello specchietto). Il sistema misto fonico-mimico
è un insieme coerente, che non può essere esaminato in modo
parziale: non si può scindere la parola “gelato”, dal gesto della
guancia che sfrega per 5 secondi la pelliccia povera della madre nel bus.
Il fonema senza il gesto è un semantema diverso.
Ora le interviste finiscono col ridurre il sistema misto fonico-mimico
in un sistema unico di segni scritti. Faccio notare che io non sono napoletano,
e la mia mimica è ridotta al minimo. Tuttavia ho un corpo, e degli
occhi, una fisicità mio malgrado molto espressiva. Tutto ciò
è tradito nell’intrevista prima registrata (resa monca della sua
metà mimica) e poi scritta (resa monca cioè della sua metà
mimica e della sua metà fonetica: Jakobson ha fatto pronunciare
quaranta o sessanta volte a un attore la locuzione buona sera con quaranta
o sessanta sensi diversi).
Infine ho impegnato col signor Duflot una lotta al coltello, o al cavaturaccioli,
per dir meglio: egli voleva farmi dire alcuna cose, che io non volevo dire.
E poiché egli non ha saputo subito rassegnarsi, ecco che tutta l’intervista
è un seguito di tentativi abortiti per ritornare su quegli argomenti
che non sarebbero mai stati affrontati. Alcune cose si vivono soltanto;
o, se si dicono, si dicono in poesia.
Correggendo le bozze di questa intervista ho aggiunto delle didascalie
chiuse dentro parentesi quadre: sono schematici inviti al lettore a pensare
alla mimica e alle inflessioni della voce, o perlomeno di non dimenticarsi
mai della perdita ch’egli soffre di questi due elementi (oltre che della
mia buona volontà).
Pier Paolo
Pasolini
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