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Prólogo del entrevistado
(de obligada lectura)

Prefazione dell’intervistato
(da leggersi assolutamente)
Il sogno del centauro. Incontri con Jean Duflot [1969-1975]
Ora in Saggi sulla politica e sulla società, Meridiani Mondadori, Milano 1999

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Prólogo del entrevistado (de obligada lectura)

Como tendrá oportunidad de comprobar el lector de esta larga entrevista, yo soy de los que no sólo no aman, sino que en verdad detestan ser entrevistados (no es que me niegue, como debería hacer, a conceder entrevistas, pero si lo hago es sólo por debilidad, porque no sé decir que no, porque creo que quizá sea útil, o porque creo que quizá sea útil al entrevistador, etc.). 
     Detesto las entrevistas por dos razones:
     1) El sujeto que alcanza la prerrogativa de ser entrevistado deja de ser un hombre normal: es un disociado, objetiva y subjetivamente, y, hablando con propiedad, un esquizoide. Es ridículo, objetiva y subjetivamente. No se entrevista -si no es para uso televisivo, muy vulgar- al primero que pasa por la calle, que es una persona dignísima. Un hombre “de éxito” pierde gran parte de su dignidad. La figura “pública” que se superpone a su figura privada necesita de unos cuidados muy particulares, que son siempre degradantes. 
     Ahora bien, yo he intentado siempre ignorar que soy también una figura “pública”, con sus deberes. Me he comportado siempre de la peor manera posible, es decir, como he querido. Pero ha sido más fuerte que yo: una especie de horrenda autoridad, o de prestigio (…), se ha adueñado de mi vida. Y me doy cuenta de ello, con disgusto, sobre todo cuando me entrevistan, es decir, cuando me interrogan como a una pitonisa; y no sin un profundo desprecio, quizá inconsciente, por parte de quien me entrevista. En esta relación entre el entrevistador y yo ocurre algo monstruosos: las opiniones que expongo, que son opiniones como cualesquiera otras, se sitúan apriorística y artificialmente en un plano más elevado, se convierten en muestras, y se colocan como elementos frontales de un mapa hagiográfico u holográfico que incluye a todas las personas “de éxito”, incluso a las más inocentes y apartadas. Hay que añadir también que cada uno de nosotros vive en un pequeño campo de concentración cuyos instrumentos de tortura cotidiana son las relaciones (…) y, para quienes somos personajes públicos, las relaciones públicas con los demás (yo he sido tildado de “pecador público”). Además, no hay nada más miserable que los asuntos propios. La entrevista arroja una luz atroz sobre estas miserias, que el entrevistado intenta esconder desesperadamente; o bien, en un momento de debilidad, las hace de dominio público. En cualquier caso, sufre por ello, miserablemente frustrado. Doy un pequeño ejemplo: en Italia todo el mundo se pronuncia ahora con indignación contra el código penal fascista; todos ven en él el instrumento de la represión, etc., etc.; no hay día en que la prensa no hable de ello. Pues bien, por haberlo sufrido personalmente, desde hace unos quince años no he perdido ocasión de atacar el código Rocco, sin que nadie me hiciera el más mínimo caso o consiguiendo como mucho que me miraran con benevolente conmiseración, como a Casandra.. Ahora, claro, me siento, cómo diría yo, frustrado por el hecho de que no sólo nadie lo reconozca, sino que ni siquiera se acuerde de ello. ¿Cómo puedo hablar ahora en una entrevista del código fascista que rige en Italia si tengo que reprimir semejante sentimiento (tan personal y poco digno) de “profeta desoído”? Sólo un santo podría aguantar una entrevista, pero a los santos no se les entrevista, sobre todo porque no se dejan.
     2) La entrevista es, semiológicamente, un sistema de signos mixto: comprende los signos lingüísticos orales y los signos icónicos de la presencia física y de la gestualidad. Conozco estudios de semiólogos estadounidenses que han intentado dar una unidad representativa, en laboratorio, a este sistema de signos mixto, realizando previamente un concienzudo trabajo de campo (año, mes, lugar: pongamos el 2 de marzo de 1970 en el autobús que va de una punta a otra de Queen; un diálogo entre madre e hija: “Mamita, ¿me compras un helado?”. “Después, cuando bajemos, Patty”. La niña, al hablar, hace una mohín frotándose el moflete de arriba abajo tres veces -cinco segundos cada vez- sobre la cadera de su madre, quien, a su vez, mientras le contesta extrae el neceser del bolso y se mira al espejo). El sistema mixto fónico-gestual forma un conjunto coherente, que no se puede examinar de manera parcial: no se puede separar la palabra “helado” del gesto del moflete frotándose durante cinco segundos sobre el abrigo de piel barato de la madre en el autobús. El fonema sin el gesto es un semantema distinto. Ahora bien, las entrevistas acaban reduciendo el sistema mixto fónico-gestual a un sistema único de signos escritos. Que conste que yo no soy napolitano y mi mímica es exigua. Sin embargo, tengo un cuerpo, y ojos: una corporeidad muy expresiva aunque no lo quiera. Nada de esto se refleja en la entrevista, grabada primero (o sea, amputada de su parte gestual) y después escrita (o sea, amputada de su parte gestual y de su parte fonética; Jakobson hizo pronunciar cuarenta o sesenta veces a un actor la locución “buenas tardes” con cuarenta o sesenta sentidos distintos).
     En definitiva: he mantenido con el señor Duflot una lucha a cuchillo, o mejor dicho, a sacacorchos: él pretendía hacerme decir algunas cosas que yo no quería decir. Y dado que él no ha querido resignarse enseguida, toda la entrevista se ha convertido en una sucesión de tentativas abortadas de volver a los asuntos que no se iban a tratar en ningún caso. Hay cosas que sólo se pueden vivir. Y si se dicen, se dicen en versos. 
     Al corregir las galeradas de esta entrevista, he añadido algunas leyendas entre corchetes: son esquemáticas invitaciones al lector para que piense en la mímica y en la inflexión de la voz, o por lo menos para que no olvide que se le está privando de esos dos elementos (y tenga también constancia de mi buena voluntad).

Pier Paolo Pasolini
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Prefazione dell’intervistato (da leggersi assolutamente)

Come il lettore di questa lunga intervista avrà modo di accorgersi, io sono uno di quelli che non amano, anzi, per dir meglio, detestano di essere intervistati (non mi rifiuto come dovrei di « concedere » interviste : ma per pura debolezza, perché non so dir di no, perché penso che forse è utile, perché penso sia utile all’intervistatore ecc…).
     Detesto le interviste per due ragioni:
     1) Chi arriva a essere intervistato non è più un uomo normale: egli è un dissociato, oggettivamente e soggettivamente, e propriamente parlando, schizoide. Egli è ridicolo, oggettivamente e soggettivamente. Non si intervista - se non a usi televisivi, molto volgari - il primo che passi per la strada, che è una persona degnissima. Un uomo “arrivato” perde molto della sua dignità. La figura “pubblica” che si sovrappone alla sua figura privata, richiede delle cure particolari, che sono sempre degradanti.
     Ora io ho sempre cercato di ignorare di essere anche una figura “pubblica”, coi suoi doveri. Mi sono comportato sempre il più male possibile, cioè come io volevo. È stato più forte di me: una specie di orrenda autorità, o prestigio sia pure <>, si è impadronita della mia vita: e me ne accorgo, con disgusto, soprattutto quando sono intervistato: cioè interrogato come una pitonessa; non senza un profondo disprezzo, forse inconscio, da parte di chi mi intervista. In questo rapporto orale tra me e l’intervistatore succede qualcosa di mostruoso: cioè le opinioni che io esprimo, che sono opinioni come altre, si pongono aprioristicamente e artificialmente su un piano più elevato, diventano “campioni”, ponendosi come elementi frontali di una carta agiografica o di una carta oleografica, che comprende tutti gli “arrivati” anche i più innocenti e appartati. C’è poi anche da dire che ognuno di noi vive in un piccolo campo di concentramento, i cui strumenti di tortura quotidiana sono i rapporti <>, per quanto riguarda le persone pubbliche, il rapporto pubblico con gli altri (io sono statu dichiarato “pubblico peccatore”). Ora non c’è niente di più misero che le proprie faccende. L’intervista getta una luce atroce queste miserie, che l’intrevistato cerca disperatamente di nascondere, o che, in ogni caso, ne soffre, miserabilemente frustrato. Dò un piccolo esempio: oggi in Italia tutti parlano indignati contro il codice penale fascista, ne vedono il principale strumento della repressione ecc. ecc; non c’è giorno in cui nei giornali non se parli ecc. Ebbene (per sgradevoli esperienze personali) da una quindicina d’anni non perdo occasione di scagliarmi contro il codice Rocco - sempre inascoltato - o guardato con benevola commiserazione - come Cassandra.  Ebbene, ora mi sento, come dire, frustrato dal fatto che nessuno non solo riconosca questo, ma che nemmeno lo ricordi. Come potrei dignitosamente parlare oggi in un’intervista del codice fascista che vige in Italia, se dentro di me devo reprimere un tale (così personale e poco dignitoso) sentimento di “profeta inascoltato”? Solo un santo potrebbe resistere a un’intervista: ma i santi non vengono intervistati o non vogliono esserlo.
     2) L’intervista è semiologicamente un sistema di segni misto: comprendere segni linguistici orali e i segni iconici della presenza fisica e della mimica. Conosco studi di semiologi americani che hanno tentato di dare unità rappresentativa, in laboratorio, a tale sistema di segni misto: e coscienziosamente lavorando nel “campo” (anno, mese, luogo: mettiamo 2 marzo 1970 nel bus che porta da una strada all’altra di Queen; un dialogo tra madre e figlia “Mammina, me lo compri un gelato?”. “Dopo, quando scendiamo, Patty”; la bambina parlando fa una smorfia sfregando su e giù la guancia per tre volte (ogni volta 5 brevi secondi) contro il fianco della madre, la quale a sua volta, rispondendo, estrae il nécessaire dalla borsetta e si guarda nello specchietto). Il sistema misto fonico-mimico è un insieme coerente, che non può essere esaminato in modo parziale: non si può scindere la parola “gelato”, dal gesto della guancia che sfrega per 5 secondi la pelliccia povera della madre nel bus. Il fonema senza il gesto è un semantema diverso.
     Ora le interviste finiscono col ridurre il sistema misto fonico-mimico in un sistema unico di segni scritti. Faccio notare che io non sono napoletano, e la mia mimica è ridotta al minimo. Tuttavia ho un corpo, e degli occhi, una fisicità mio malgrado molto espressiva. Tutto ciò è tradito nell’intrevista prima registrata (resa monca della sua metà mimica) e poi scritta (resa monca cioè della sua metà mimica e della sua metà fonetica: Jakobson ha fatto pronunciare quaranta o sessanta volte a un attore la locuzione buona sera con quaranta o sessanta sensi diversi).
     Infine ho impegnato col signor Duflot una lotta al coltello, o al cavaturaccioli, per dir meglio: egli voleva farmi dire alcuna cose, che io non volevo dire. E poiché egli non ha saputo subito rassegnarsi, ecco che tutta l’intervista è un seguito di tentativi abortiti per ritornare su quegli argomenti che non sarebbero mai stati affrontati. Alcune cose si vivono soltanto; o, se si dicono, si dicono in poesia. 
     Correggendo le bozze di questa intervista ho aggiunto delle didascalie chiuse dentro parentesi quadre: sono schematici inviti al lettore a pensare alla mimica e alle inflessioni della voce, o perlomeno di non dimenticarsi mai della perdita ch’egli soffre di questi due elementi (oltre che della mia buona volontà).

Pier Paolo Pasolini
 

Pier Paolo Pasolini. Palabra de corsario - Madrid 2005

Madrid 2005: Exposición - Ensayos: Indice - Pagine corsare: Sumario